ADAM TOCA LA PUERTA y entra sin esperar mi invitación. Me encuentra recostado en mi cama del cuarto que comparto con Micah. No sé si han pasado uno o dos días. Si me dijeran que en realidad ha sido una semana, lo creería. He dejado de preguntar por mi mamá, tal vez porque ya estoy entendiendo que ella está mejor lejos de mí, por lo menos por un rato. Me siento un fracasado: no he pasado el tiempo con ella, tampoco le he sacado información, ni a Travis. Por si fuera poco, estoy falto de pruebas sobre lo que está fraguando Carmine con aquel suministro interminable de armas. Fallo una y otra vez. Solo me queda acostarme en esa cama y escuchar la voz de Adam que cada vez que viene intenta subirme el ánimo. Siento su peso sumirse en el colchón. Tengo los ojos abiertos, pero no le dirijo una palabra, hasta que su mano levemente se posa en una de mis pantorrillas.
―Dime en qué puedo ayudarte ―suelta, casi como una súplica.
Se me revuelve el estómago. No quiero verlo así, sobre todo por mi culpa. Estoy tentado a decirle que se vaya, a gritarle incluso. Me recuerdo entonces que probablemente él es lo único que me mantiene cuerdo ahora.
―Estoy bien, Adam ―replico casi mecánicamente.
―Cada vez que lo dices te creo menos ―Adam vuelve a apretar mi pierna.
Es curioso, de niños Adam siempre fue muy afectivo de manera física. Al principio tuve que acostumbrarme pues, aunque tenía a mamá, todavía no entendía del todo cómo alguien que no fuera de mi sangre me quisiera cerca. Con el tiempo, caí en su rutina y esa cercanía se volvió familiar al grado de verlo natural. Luego escapé y por cuatro años olvidé todo aquello. Hasta los Wolff. Adam no ha perdido ese acercamiento, lo que al principio me hace recordar que sigo siendo yo y, por otra parte, me hace añorar la otra mitad que me hace falta, la parte de la cual tengo miedo a descubrir si seguirá siendo la misma una vez que los vea de nuevo. Tal vez por eso sigo aquí, como un cobarde escondiéndome de la verdad.
¿Cómo podrían quererme de vuelta después de que los dejé, después de descubrir que una parte de mí pertenece a sus enemigos, que estoy terriblemente marcado por las manos de un hombre tan asqueroso como Sergey?
―Ya sabes que estoy aquí ―sentencia Adam.
A falta de una respuesta, suelta un largo suspiro. Siento que se levanta de la cama.
―Vino Jin. Quiere hablar contigo.
No es una petición, así que no gasto energías en contestarle. Adam exhala otro suspiro y sale del cuarto. Cierro los ojos por unos segundos y me concentro en escuchar los sonidos de la ciudad que se filtran por la ventana.
―A como me lo describió Travis, pensé que estarías peor.
Una voz femenina me hace girar para encontrar a una chica esbelta con rasgos asiáticos. Lleva unos jeans pesqueros raídos, una camisa blanca y encima una cazadora negra. Ella espera en el umbral de la puerta con los brazos cruzados, repiqueteando con sus botas de combate en el suelo. A los pocos segundos entiendo que ella sí espera una invitación. No me queda de otra que enderezarme y sentarme sobre el colchón.
―Entra si quieres ―digo sin más.
La chica, Jin, camina hacia mí y, a diferencia de Adam, no se sienta en la cama. Se queda parada al extremo, comenzando un escrutinio que percibo es con fines médicos.
―Tu voz va muy bien ―señala―. Presiento que la has reposado mucho.
Hay un tono irónico en su voz que no paso por alto.
―Tus heridas van muy bien también ―apunta.
―Sí ―carraspeo encontrando mi voz―. Eh... gracias por... la ayuda.
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La Manada de los Wolff
Teen FictionNoah no ha dejado de correr desde el día en que unos hombres asesinaron a su padre a sangre fría enfrente de él. Desde ahí siempre supo que se las vería por sí solo. Pero todos sus planes se complican cuando un día, un hombre llamado Gerald Wolff...
