Ochenta y seis.

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Antes del apocalipsis tuve muchas primeras veces, luego de que el mundo se vino abajo, también experimenté demasiadas cosas por primera vez, incluso fui madre dentro de todo este lio y esa creo que fue de las más fuertes a las que me he enfrentado

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Antes del apocalipsis tuve muchas primeras veces, luego de que el mundo se vino abajo, también experimenté demasiadas cosas por primera vez, incluso fui madre dentro de todo este lio y esa creo que fue de las más fuertes a las que me he enfrentado.

Leo, de igual manera, tuvo sus primeras veces. La primera vez que dijo papá o mamá, la primera vez que tomo el biberón él solo, sus primeros pasos, su primera comida sólida, el encuentro definitivo con un caminante, cosas que me hacían alucinar, pero este día fue diferente.

Esta primera vez, quería que llegara más adelante, cuando todos estuviéramos preparados mentalmente para ver a mi pequeño hijo de cuatro años atravesar a un caminante.

El día empezó tranquilo, Daryl y yo habíamos decidido que la mayoría del verano la pasaríamos en la playa, donde Leo amaba estar y luego de ver que no obtuvo pesadillas por aquel encuentro con una horda, nos pareció una buena idea.

—¿Cómo es que sabe nadar tan bien? – cuestiono Daryl sentado en la orilla del mar

—nació con ese don integrado, supongo – me reí –. Aun así, prefiero mantenerlo vigilado, no quiero que la corriente traiga a uno de esos putrefactos y lo agarre de sorpresa

—por eso estoy aquí...

Daryl volteo a verme, con una media sonrisa sobre sus labios. Él decía que desde que me convertí en madre me preocupaba demasiado, pero él hacia exactamente lo mismo conmigo y con ese argumento, la discusión se terminaba.

—creo que alguno de los dos tendría que estar allá adentro y no aquí parloteando – le dije, con toda la intensión de que fuera él –. Nuestro pirata necesita a su artillero

Antes de ir junto con Leo, Daryl me dejo un beso en la cabeza y corrió hacia el mar donde el pequeño Dixon se manejaba a la perfección.

Los días en la playa eran distintos a los que teníamos en Alexandria, aquí no había tantos encuentros con caminantes, era pacifico, como si tuviéramos nuestro propio mundo, solo para nosotros tres y eso me gustaba.

Ver a Daryl y a Leo juguetear en el agua, mientras se inventaban historias de piratas o de monstruos marinos, me daba todo lo que necesitaba en esta vida. Era como un abrazo al corazón luego de todo lo que vivimos durante todo este tiempo.


[...]


—papi va a encheñarme a pescal – dijo Leo, cuando estábamos cenando

—¿en serio? Vas a poder traer muchos pececitos para comer – le quite el cabello de la frente –. Ahora tú vas a ser nuestro proveedor

—¿el qué? – frunció el ceño, era tan similar a Daryl

—quien lleva cosas a la casa – le explico él –. Como cuando salimos y encontramos cosas para la gente de Alexandria

—¡ah! Como tío Aalon – sonrió –. Sí, quielo

H E R O || Daryl DixonDonde viven las historias. Descúbrelo ahora