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Daryl.
Toda la tarde compartimos con los invitados, lo que me hizo difícil estar junto a Maxie. Iba y venía de un lado para el otro, bromeando y disfrutando del día, yo en cambio estuve con las personas más cercanas, sobre todo con Rick quien seguía diciendo que no podía creer que lo hubiéramos hecho.
Luego, ya con el sol ocultándose, pocos fueron los que entramos a la casa para terminar la fiesta en nuestro hogar, aunque me moría de ganas de estar a solas con ella.
—bonita, ¿puedo robarte un segundo? – le susurre a Maxie
—claro, ¿en privado? – le asentí, ella se disculpó con Maggie y me siguió hasta la cocina – ¿Qué sucede? ¿ya te quieres ir a dormir? ¿los echo a patadas? – acarició con cuidado mi mejilla
—quería proponerte otra cosa
Ella me regalo una mirada curiosa, más cuando comencé a juguetear con mis dedos.
—¿Qué quieres hacer, Dixon?
—¿nos fugamos? Al menos esta noche. No quiero que nadie entre en la mañana e interrumpa nuestra noche de bodas – le dije, sintiendo el calor apoderándose de mis mejillas –. Podemos ir a la cabaña
Maxie se mordió el labio y asintió con bastante efusividad.
—pero... ¿Qué les decimos a ellos? – volteo hacia la estancia – no podemos irnos y ya
—ni cuenta se van a dar, a algunos ya se les subió demasiado y eso que el alcohol era poco
—bien, entonces vámonos ya
La tome de la mano, guiándola con cuidado a la puerta. En efecto, nadie volteo ni siquiera a vernos, la ventaja de celebrar desde temprano. Nos escabullimos hasta la moto, la cual no encendí hasta que estuvimos fuera de la comunidad, dudaba que el ruido los pusiera alerta, pero más valía prevenir.
Subimos a la moto unos metros más allá de la puerta y emprendimos camino hacia la cabaña que manteníamos en secreto. Maxie también llevaba unas copas de más, sin embargo, hacía el viaje más divertido, levantando uno de sus brazos y gritándole a cualquier caminante que veía que ya era la señora Dixon.
Normalmente dejaba la moto al inicio del camino, sobre todo cuando era invierno, pero el clima ayudaba y pudimos mover el vehículo hasta la cabaña, dejándola en la parte trasera.
—¡hey! Te necesito concentrada, no sabemos si pudieron entrar de alguna manera – le dije, tomándola de los hombros
—lo sé, estoy enfiestada, pero no soy tonta – me guiño – ¡a ver malnacidos, mi esposo me tiene que dar la mejor noche de bodas! – gritó hacia la cabaña