#74 parte 2

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El mediodía olía a sofrito, albahaca fresca y agua hirviendo. Para distraerse del hambre, el heredero fue a visitar a los pequeños inquilinos de la habitación de juegos.

"Si gana la Turba Aulladora, tocan macarrones para comer. Si ganan los Caninos de Fuego, espagueti".

Los licantropitos de plomo, enfrentados en dos ringleras, se miraron sin luchar.

"¡El Gigante de Hierro apuesta por espirales!", señaló hacia la colina lejana (la montaña de bloques de construcción).

El robot, Gigante de Hierro, se había quedado sin cuerda y la llave que reanimaba su mecanismo se había perdido por las rendijas del radiador de aceite. No dijo ni mu.

"¿Tocará lasaña?", se dirigió también a los títeres del teatrito de marionetas pero sus ojos saltones parecían aún más ausentes. Los meneó para ver si espabilaban. Tanto silencio irritó a Jimin. Los pateó a todos.

En la estantería de los peluches tampoco halló mejor compañía. Los bigotes del lobito llorón estaban rizados porque el plástico se había cocido con el tiempo. Era un peluche feo y para nada achuchable. De hecho, el picor del polvo en su nariz le echó para atrás. La oveja de felpa era mucho más bonita, pero su lana amarilleaba y apenas le quedaban hilos por orejas después de sus días como chupete y mordedor. Tras mucho pelear, a Jimin le quitaron el chupete definitivamente a los cuatro años. Añorando el consuelo succionado, el cachorro había encontrado sustitutos por todos lados: en sus pulgares, en terrones de azúcar, en la esquina de una manta empapada de baba...

El caso es que aquella oveja sorda le avergonzó y asqueó, porque reflejaba lo niño que aún era y eso, de alguna manera, era humillante.

Se trasladó a otro rincón de la habitación, donde la moqueta tenía planetas dibujados y Jimin había construído un circuito de vías de madera que los unía. No obstante, el trenecito no se movería sin el empujón de una mano. Y el cachorro se aburrió. Guardó todos los juguetes de nuevo en el cofre del tesoro que resultó no ser nada más que un baúl. Así, sin previo aviso, la magia se había acabado.

Por suerte, aún estaba a tiempo de retar a su amigo imaginario a una estimulante partida a algún juego de mesa. Jimin escogió el abalone y se estiró en el suelo, concediendo a su oponente invisible la ventaja del primer movimiento.

Hacía poco que su tío Jinyoung le había regalado el juego. Nada más verlo, a Jimin le había gustado la simpleza de su diseño; con un tablero de panal y las eternas rivales negras y blancas adoptando la forma de un saquito de canicas. Aún no tenía las jugadas muy por la mano. ¡Pero así era más divertido! Como los libros de la biblioteca no sabían de estrategias para ganar al abalone, Jimin dio por hecho que nadie las conocía, y se le ocurrió ser el primero en encontrarlas y redactarlas todas.

"Nos jugamos el postre", avisó Jimin, "Y que lo sepas, como haya tiramisú de turrón, te voy a dar mucha envidia~".

Al final, fue el joven heredero quien perdió todas sus canicas blancas. El sudor resbaladizo de sus dedos le había hecho errar demasiados movimientos seguidos. El estómago le rugía, ya no por hambre, sino por nervios.

Le inquietaba la presencia sigilosa y observadora de un lince en el cuarto de juegos. La luz solar hacía que sus iris ambarinos brillasen translúcidos, casi blancos.

Jimin procuró no despegar la mirada del tablero de abalone. Se atribuyó el mérito de su amigo imaginario y comenzó una nueva partida en el bando de las negras.

"¿Por qué está papá aquí? ¿He hecho algo malo?". Si le buscase para reñirle o para llamarle a comer, habría mandado a alguna de sus cuidadoras. "¿Cuánto rato más va a estar mirándome así? Es incómodo. ¿Querrá aprender cómo se juega al abalone? ¿Por qué no dice nada?".

EL OLOR DE LOS JILGUEROSHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora