#75 parte 3

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Los lobos del hostal pasarían una semana entera bajando a la estación, recorriendo una y otra vez el mismo mar y montaña, en busca de la desaparecida Minatozaki Sana. Durante todos esos días, no se toparon ni con una sola cara conocida, como si la reunión del Frente de Luseu jamás hubiese sido convocada. Tampoco se volvieron a cruzar con los encapuchados, quienes no habían dejado un atisbo de pista que ellos pudieran seguir.

Con la moral por los suelos, si el grupo regresaba al hostal para dormir no era por sueño, sino por el temporal que maldijo cada noche con tormenta. Tras varias Lunas cegadas por los rayos, la hierba crecía abatida y el mar picado se había comido la playa. La orilla de un marrón fangoso y espumoso espantaba a los bañistas; la bandera del socorrista era tan amarilla como el agua removida.

Cuando escampaba, el Sol caía a plomo. La humedad era insoportable y los mosquitos proliferaban negros y gordos. Jimin mató uno en su pantorrilla y la picadura se le infló como un madroño. Se miró los pies sucios. Las uñas negras. Arrancó un tallo de hinojo y lo masticó. Dulce, anisado y fresco. Pensó que si no se marchaban pronto de aquel lugar, acabaría por fundirse allí.

Aquel sábado no acompañaría al resto en su búsqueda. De buena mañana, atarse los zapatos se le había hecho cuesta arriba. Así que había salido mucho más tarde, descalzo y solo, a deambular por los caminillos embarrados que rodeaban la Casa del Pulpo. Haciendo equilibrios al borde de la piscina, rememoró cuántas veces había querido saltar en ella y no lo había hecho; por no confiarse demasiado, por no divertirse demasiado... El agua verdosa, las pinturas de la pared, y el jardín natural, deslucidos por otro tiempo y circunstancias, ya no eran cómo los recordaba. Más grises, si cabe.

Mark, que por su carácter no se había unido ni a una batida, había optado por salir de su habitación y perseguirle como un cachorro de leopardo aprendiendo a cazar.

-¿Te apetece un granizado? -saltó sobre él.

-¿No crees que es de mal gusto? -le reprochó el omega- Nuestra amiga sigue desaparecida. ¡Los demás apenas comen de la preocupación!

-¿Eso es un no? -le tiró unas chanclas de dedo y le dijo que se calzara- ¿Cómo piensas sobrevivir a este calor?

Jimin se mordió el labio. Desde la primera noche, desde que había tenido en sus manos las bolitas de granizo, tenía reprimido el antojo de masticar hielo...

-Quítate la idea de la cabeza. Llevamos aquí más tiempo de lo esperado, no puedo malgastar los inhibidores del equipo. Además, a Jungkook le dará un jamacuco como se entere de que he bajado a la ciudad yo solo.

-¿Es que no puedes ir a ningún sitio sin él? -se quejó con el puchero de un niño malicioso.

Pelearon un rato pero al final, sea como fuere, Jimin acabó siendo persuadido otra vez. Comprarían un granizado en el mercado que había nada más empezar la ciudad y regresarían antes de que nadie se diese cuenta.

De su gran colección de útiles, Mark rescató un botiquín antiguo. Estaba hecho de madera y se abría similar a un joyero. Su contenido, pero, era todo nuevo. Sacó una ampolla de cristal. Reventó su punta, la vertió en una jeringa y se ofreció a inyectarla él mismo al omega.

-J-Jungkook y yo siempre tomamos pastillas. -comentó Jimin, inquieto por el formato puntiagudo del inhibidor.

-Esto es lo que hay aquí.

Y como Jimin no quiso menospreciar lo que le ofrecían, se calló. El pinchazo casi no lo notó. Después se duchó a toda prisa (sobre todo para quitarse la mugre de los pies) y se vistió como solían hacerlo: tapado hasta la coronilla.

Lamentablemente, tantos preparativos no sirvieron de nada. Antes de siquiera llegar al mercado, Jimin comenzó a marearse y Mark tuvo que dar media vuelta al coche.

EL OLOR DE LOS JILGUEROSHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora