#67 parte 2

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El solsticio de verano alargaba los días y acortaba las noches preparando a los lobos de Península 4 para su cálida llegada. Pero todavía quedan fragmentos de esta historia anclados a unos meses atrás, remontándonos hasta apenas unas horas tras finalizar el equinoccio de primavera.

Los ardores del celo habían abandonado su vientre. Park Hoseok se despertó aturdido y con frío en un colchón desconocido. La carne bajo su piel morada y amarilla estaba entumecida; cuando se frotaba con la ropa de cama, no la sentía como suya propia.

Se relamió el interior de las mejillas. Sabían a sangre. Había pedazos blancos de muelas quebradas y cachitos de encía sobre su lengua agarrotada.

El primer gesto de su cuerpo aletargado fue asestarse a sí mismo un sonoro guantazo con ambas manos a cada lado de la cabeza. El silbido taladrante que hacía zumbar sus oídos blandía sus tímpanos sangrantes como si estos estuvieran hechos de aluminio. Quién lo fuera a decir, el golpe sólo lo empeoró.

-¡Ak...! -se quejó- Urg... Hic... -el mero ronroneo de su garganta fue como tragar cuchillas.

Unos dedos ásperos y pequeños frenaron el segundo manotazo antes de que éste chocase de nuevo contra sus orejas.

-¡... fe! -la voz de una mujer, tan inquieta que incluso sonaba afligida, parecía estar llamándole- ¡Jefe, no se haga más daño! -le costó unos cuantos llantos inconexos pero acabó por discernir las súplicas de ella. Sólo entonces dejó de forcejear con sus brazos. La muchacha los posó delicadamente cada uno a un costado de su cuerpo.

-¿D-Dawon...? -balbuceó el lobo rojo, aunque nada de aquella loba olía a su difunta hermana. Él mismo se dio cuenta antes de acabar de pronunciar su preciado nombre.

-¡Ha abierto los ojos! -con el pelaje naranja y los pómulos marcados, observándole tras los hombros de ella había un chico que parecía un tigre. Por unos confusos segundos, Hoseok llegó a asustarse. Tragó saliva hasta que las imágenes en sus retinas empezaron a volverse más nítidas y logró entonces reconocer a sus dos fieles guardaespaldas- No te levantes. -le pidió Lee Taeyong, posando una palma en su pecho para empujarlo suavemente de vuelta al colchón.

-¿Cómo te encuentras? Estás amarillo como la cera. -angustiada, Alexa comenzó a parlotear. Su cabello siempre recogido en trenzas ahora se alborotaba suelto y con bonitas ondulaciones por su rostro preocupado- ¿Notas alguna molestia? ¿Nos puedes oír? No sé si nos puede oír con todo eso puesto...

-No lo atosigues. -le riñó el otro- RED, somos Alexa y Lee Taeyong. ¿Nos reconoces?

Hoseok asintió, despacio, pero no lo suficiente para evitar un tirón desagradable en el cuello. Dejó ir un quejido. No era capaz de sentir el dolor en su plenitud, probablemente estuviera bajo algún tipo de sedante, mas eso volvía cada movimiento de su maltratado cuerpo un cúmulo de sensaciones extrañas e incómodas.

-Lo sentimos tanto, jefe, te hemos fallado... -se lamentó la loba. Taeyong también agachó la cabeza, arrepentido.

-¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? -si bien su primer instinto fue abroncar a aquellos que debían haberle protegido de todo mal, antes de repartir culpas, Hoseok necesitaba resolver ciertas dudas cruciales para su juicio- ¿Cómo he llegado aquí?

Se masajeó las sienes y los ojos y la frente para espabilarse. Tenía la cabeza envuelta en gasas. De nuevo sin dolor, pero sí con un cosquilleo nauseabundo, notaba cada palpitar estrujando su cerebro contra las paredes de su cráneo.

No le sorprendió cuando le dijeron que se encontraban en un hospital. Es decir, por más desconocidas e insospechadas que fueran las causas, estaban rodeados de pintura blanca. La sábana fina sobre sus piernas también lo era. La máquina a su espalda que sólo alcanzaba a ver de reojo emitía un pitido intermitente. Entre las escamas de sangre seca, su nariz reconoció el olor a desinfectante y yodo.

EL OLOR DE LOS JILGUEROSHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora