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RED entreabrió la boca y sopló una burbuja de saliva. El estallido sobre sus labios fue húmedo. El portazo del furgón fue seco.

-Ella es la última. -se dirigió al conductor- Recuérdele a mi padre que debe ceñirse a lo acordado. Si el día de la boda me falta uno solo de estos traidores, usted ocupará su lugar.

El conductor afrontó aquella intimidación con una sonrisa anaranjada de sarro. Se había echado hacia delante para asomar la cabeza por la ventanilla bajada del furgón.

-Lo único que no puedo prometer es que vayan a estar reconocibles. -su risa sonó como un aspersor al que no llega el riego- Pero no se preocupe, el señor Park no suele faltar a sus planes. Mucho menos los macabros como éste. Llevo más de cuarenta años trabajando para su padre. Si le contase yo lo que he llegado a meter y sacar del Palacio Carmesí...

Para no dar pie a un interminable soliloquio de remembranzas, el heredero del señor Park agradeció sus años de lealtad e hizo ademán de despedirse. Pero el conductor se resistía a dejarle marchar. Quizás por favores ilusorios que le llegarían más adelante, el hombre elogió los méritos de RED que había ido escuchando por la radio de su furgón.

-¡Y cuando hizo aquello...! ¡Y cuando hizo lo otro...!

Entre cumplidos y lisonjas aprovechó para despreciarse a sí mismo y a las penurias de su vida. Al principio, aquel discurso tan patético funcionó: ablandando el corazón de un futuro líder que ahora se sentía obligado a solucionar unos problemas que nada tenían que ver con él. En la frívola ruta para ganarse su simpatía, el lobo viejo acabó metiendo la pata hasta el fondo:

-He oído que todos los niños de sangre pura sois prodigios y sobresalís en la escuela...

Hoseok se encogió de hombros, creyéndolo poco probable. El perverso de su cerebro no logró recordar aquel supuesto expediente perfecto, pero sí le trajo otras memorias de su educación. Probablemente, al profesor Jung se le recordaría por sus clases amenas, sus desavenencias con la tecnología y su risa fácil. Sus hijos, en la intimidad del hogar, habían convivido con otra faceta de él. Una más estricta. La comprensión y paciencia que mostraba el profesor Jung con su alumnado no se extendía a sus propios cachorros. Textos dictados hasta la ortografía perfecta, hojas y hojas de palabras repetidas, materia recitada como salmos hasta la medianoche...

Si bien su cuerpo le proporcionaba ciertas ventajas respecto a otros lobos, aquella exaltación ciega de la sangre menospreciaba cualquier esfuerzo que hubiese hecho durante su vida. Le incomodaba, e iba en contra de lo que su padre le había inculcado, pero en aquel nuevo mundo el esfuerzo era visto casi como una humillación.

El conductor seguía a lo suyo:

-Yo de niño era un pieza. En el colegio no servía ni para calentar el pupitre, ¡Como no me estaba quieto! -volvió su tos de aspersor seco- En una cosa mi madre tenía razón: Hasta el más cateto conduce. ¡Míreme!

El futuro líder ya no le prestaba atención. Recitaba en su cabeza la lista de preposiciones y olvidaba las arrugas en el rostro de su padre, observándole como un maestro ascendido.

-¡Ay! ¡Lo feliz que sería mi madre si usted fuera su hijo! -exclamó, rogando su interés- Yo no le he dado más que disgustos... En cambio, gracias a usted, la nueva señora Park cambió el pueblo por el Palacio. ¡Es tan afortunada! No me imagino mejor regalo de bodas que ver a su hijo convertido en líder...

La simpatía se borró de la mueca de RED. Cuando el furgón se marchó con Minatozaki Sana en la parte trasera, su conductor tragaba copiosas cantidades de saliva. Los escoltas del heredero, Lee Taeyong y Alexa, se acercaron a él con pasos vacilantes. A pesar de haber acotado sus últimas órdenes a la perfección, de haber sido rápidos y efectivos sin dejar ninguna víctima innecesaria, se sentían parcialmente culpables por el mal humor del lobo rojo. Su primer error había sido ese mismo: su magnífica eficiencia en una misión que cada vez convencía menos a su jefe.

EL OLOR DE LOS JILGUEROSHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora