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Jeon Sungjin nació con todos los deditos en sus manos y en sus pies. Pesaba dos escasos kilogramos sobre la báscula analógica de la cocina. Era del color de la carne cruda y estaba recubierto de un vello negro como el alquitrán. Cuando conoció por primera vez el calor y el olor del pecho de su padre, extendió sobresaltado sus brazos raquíticos como las piernas de un pajarito.

-Lo has hecho muy bien, papá. -susurró Jungkook, posando un beso en su frente mojada.

Desfallecido, Jimin cerró los ojos y suspiró sin apenas mover los labios. Soltó también la mano de Jungkook. El alfa abrió y cerró el puño varias veces. Aún sentía el hormigueo en sus dedos blancos arañados por cinco lunas crecientes.

Una mano le parecía poco sacrificio, ojalá haberle podido dar más. Más que palabras de aliento, más que muestras de cariño. Más que aquellos esfuerzos baladíes; como apretar sus propios músculos, sólo por ver si así el rostro de su amor se contraía un poco menos.

Con todo acabado, o algo empezado, como ya no debía entregarse plenamente a su omega, el alfa fue recuperando todas aquellas sensaciones que habían quedado relegadas a un segundo plano. Algunos recuerdos fueron más vívidos a posteriori que en el frenético momento de su acontecimiento.

Jungkook aprendió que, de igual manera que un jilguero no huele más que a caspa de gallina y polvo, la felicidad no tiene por qué ir acompañada de un exquisito perfume. El líquido amniótico empapando la tapicería del coche. El sudor agrio de Jimin eclipsando su dulce vainilla. La saliva saltando por un paritorio improvisado. Los desinfectantes. El metal de las tijeras de cocina cortando el cordón umbilical. La placenta, la sangre y esas otras cosas. La cabecita de su hijo. Las lágrimas en sus mejillas cuando, después del último empujón, habían pasado unos segundos interminables antes de escuchar su llanto.

Aquellos olores tan desagradables se convirtieron en los favoritos de un hombre profundamente realizado.

-¿Abro la ventana para airear un poco? -preguntó Taehyung.

-No.

Tras ganar una angustiosa carrera contra el reloj y la dilatación, habían llegado a la casa de la Plaza de los Jilgueros. La Luna y la madrugada se habían pasado el testigo y Jimin había dado a luz en su nido. Y todos los jilgueros que en algún momento lo habían compartido con él también estaban allí. Porque no había importado dónde ni qué estuvieran haciendo al recibir la llamada, como una bandada habían acudido volando para dar la bienvenida al mundo a su polluelo.

Jeon Jungkook bajó a la cocina y preparó una cafetera como agradecimiento. Repartió el café usando todas las tazas de la alacena, pero para cuando echó el azúcar muchos ya planchaban la oreja. La de Seokjin estaba enganchada al teléfono. Jungkook lo escuchaba hablar, fuera en la plaza. Andaba en círculos y movía hilos, buscando la manera de ingresar al pequeño Sungjin en alguna unidad de cuidados intensivos neonatales de Geum. Estaba preocupado, y con motivo, porque el cachorro no había logrado engancharse al pecho de su padre.

-Este niño tiene que comer. -decía nervioso.

Mientras esperaban noticias de Geum, poco podían hacer los padres más que reposo y seguir intentándolo. No obstante, con esa ansiedad de primerizo, Jungkook no podía estarse quieto. Para que su delicado cachorro no cogiese frío, se dedicó a cerrar toda puerta, ventana y cortina hasta dejar el aire estancado y la casa completamente a oscuras.

Después recuperó la que había sido su biblia durante el embarazo. El libro de la madre de Jin también abordaba el posparto pero Jungkook enseguida se dio cuenta de que no podía concentrarse en los párrafos. El buen estudiante era Jimin, no él.

"Regresemos con nuestro cachorro", aulló el lobo negro.

Las piernas del humano no le hicieron caso. Más allá de la voz de Seokjin hablando por teléfono, un coche había estacionado a la entrada de la urbanización. Nadie solía parar allí si no era para consultar momentáneamente el mapa y seguir con su ruta. Efectivamente, el coche arrancó de nuevo y se marchó pero dejó tras de sí una serie de pasos apresurados. Eran pasos conocidos, pero Jungkook no podía saber todavía si eso sería algo bueno o no. Salió a la plaza con la mala leche de un perro que custodia su territorio.

EL OLOR DE LOS JILGUEROSHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora