#75 parte 1

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Las pupilas de Jimin saltaban a toda velocidad de un poste a otro. Se le enfriaban las mejillas y se le secaba la lengua con el sabor del asfalto. Una cancioncilla marchosa había empezado a sonar nada más arrancar el coche alquilado. La curiosidad que les había llevado a dejarla sonar había sido saciada. Un botón subió la ventanilla y otro apagó el equipo de música.

-¿Pongo el aire?

Si la urbanización fantasma donde anidaban los jilgueros estaba rodeada de bonitos prados y castaños, su vecina hacia el este lo estaba de postes de luz y cables al descubierto. Las fachadas deterioradas de las casas le daban un aire de abandono a pesar de que allí, por la ropa en los tendales de las terrazas, sí que vivía gente. Los avecindados de aquella urbanización habían canjeado el vínculo con sus lobos por una vivienda tirada de precio; pues no existía criatura animal capaz de ignorar el constante zumbido de la central eléctrica aledaña. En cambio, el ser humano puede hacerse el sordo con sorprendente facilidad.

Una mujer que recogía ajos silvestres a un lado de la carretera les saludó. Entonces Jimin comenzó a encajar las piezas de su disfraz: una gorra y unas gafas de pasta gruesa. Al atravesar pueblos lo complementaría con una mascarilla quirúrgica. Por el momento, suficiente le asfixiaba la enorme sudadera con capucha que encubría su embarazo.

-Me aso. -se quejó, cuando en verdad lo que quería decir era:

-Odio guardar este secreto.

No volvería sin habérselo contado a Yoongi.

A pesar de batallar con un molesto picor de garganta, Jungkook bajó la temperatura del aire acondicionado. Sonrió de reojo al omega que levantaba su ropa para dejar entrar la corriente.

-Ay, mierda. -el alfa había tocado algo del volante sin querer y ahora las escobillas del parabrisas rebotaban como locas de un lado para otro. Mientras las toneladas alquiladas y él se hacían amigos, pensó, valía más no distraerse.

Al parecer, en Daia se estaban probando unos nuevos radares de velocidad con aspas que sobrevolaban el cielo y con unas cámaras capaces de capturar cualquier tipo de infracción al volante: desde conductores al teléfono, sin cinturón de seguridad, pies sobre la guantera, etc.

-Podrían sacaros una foto mientras conducís y seríais los últimos en enteraros. -les había sermoneado Jin antes de partir- Tomad precauciones. Y Jungkook, no corras.

Se las apañó para, como mínimo, asegurarse de que esa última petición era respetada. El coche que llevaban delante conducía lento para los estándares de un Jeon. Puso el intermitente a la derecha y Jungkook lo imitó de inmediato. El otro vehículo, también alquilado, lo manejaba Yoongi, con Sana como copiloto y encargada del mapa.

Ellos cuatro rescatarían a Jiwoo. O por lo menos lo intentarían.

El resto pondría rumbo a Geum en las próximas horas, dejando atrás en la casa de la Plaza de los Jilgueros a nadie más que a Taehyung, Riku y sus pucheros desconsolados. Ahora que el castigo hacia los "traidores" de Geum había sido levantado y ya no necesitaban buscar asilo tan lejos de sus hogares, había llegado un punto donde la distancia con las oficinas era simplemente impráctica. Además del retraso y malentendidos típicos de no poder hablar cara a cara, cualquier comunicación que dependiera de la nube suponía un riesgo de pérdida y de filtración. Así que Jin, Moonbyul y Nayeon volverían a casa en pro de la eficiencia mientras Jungkook se colaba de extranjis entre otros tres lobos que, en dirección completamente opuesta, también lo hacían.

Jungkook sintió una punzadita en el corazón y se encontró un pelín sentimental. Como quien dice, no se habían despedido pero, de alguna manera, parecía acercarse el fin de la temporada de los jilgueros. A pesar de todo, se lo habían pasado bien.

EL OLOR DE LOS JILGUEROSHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora