#75 parte 2

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Para llegar a la estación de tren había que cruzar toda la ciudad en coche, por poco metiendo las ruedas en el mar. El edificio era rectangular y de un estilo neoclásico sobrio, pintado de un color naranja teja deslucido. A la intemperie quedaban sus dos únicos andenes separados por el hueco de las vías.

El andén uno, el que quedaba más cercano a la urbe, estaba vallado. Pero al otro lado del andén dos, descendiendo una pendiente arenosa de matojos y basura se podía acceder directamente a la playa. Estaba embutida entre los chiringuitos del fin del paseo marítimo y el inicio del puerto. Para justificar la notoria falta de limpieza y socorristas, muchos la catalogaban erróneamente como una playa natural. Nada más lejos de la realidad. Aquella arena tenía un dueño cuyas aspiraciones financieras habían sido frustradas. Mientras se retrasaba la construcción de un resort de lujo en primera línea de playa, todo lo que había en sus terrenos eran excrementos y colillas.

Para cambiar de andén había que cruzar las vías por un paso a nivel desprovisto de la más mínima normativa de seguridad:

"¡Sin semáforo ni nada! ¡Un día vendrá el tren y se llevará a alguien por delante!", vaticinaba la tercera edad.

También existía un paso a nivel soterrado pero no estaba dentro de la estación y no conectaba los andenes, sino la ciudad con la orilla. Algunos lobos eran muy espabilados y, con tal de no pagar billete, atravesaban el paso, subían por la pendiente y cruzaban las vías hasta su andén.

Sin embargo, casi resultaba más sencillo ahorrarse el truco y colarse en la estación saltando las vallas del andén uno. Al guarda de seguridad, imberbe pero zalamero, a menudo se le encontraría en la taquilla de la estación dándole conversación a ese lobo tras el mostrador que le doblaba la edad y que protagonizaba todas sus fantasías.

-Podría ser tu padre. -le reñía un día más, y el lobato seguía sacándole los colores.

Y mientras tanto Jungkook trepaba por la valla metálica, Jimin la saltaba, Sana aterrizaba en el andén uno y Yoongi se frotaba las palmas raspadas.

Esperarían a Jiwoo en el andén dos, el que daba al mar. Revuelto y marrón, el viento lo agitaba como si fuera la capa ondeante del horizonte. Jungkook levantó la nariz, curioso por su aroma. Agua salada y frituras.

De tanto husmear se tragó el olor de familias enteras embadurnadas en crema de Sol y arena. El andén uno se llenaba prestamente de ellas. No era temporada alta, y aún si aquellas playas norteñas supieran qué significaba eso, jamás alcanzarían el esplendor de las playas paradisíacas del sur, en la manada de Bineul: arena fina, olas de un verde esmeralda cristalino, tumbonas de alquiler y helados artesanales para chuparse los dedos. No obstante, en su prisa por acudir lo antes posible a rescatar a Jiwoo, al equipo de jilgueros se les había olvidado que era fin de semana, y que la gente muchas veces no tiene más remedio que conformarse con el desencanto.

Los cachorros, que no habían conocido nada mejor que paletas de hielo con azúcares y colorantes, conchas rotas y pelotillas de algas muertas, lucían sus melladas y eufóricas sonrisas de mofletes fofos. Madres y padres, en cambio, parecían marchar de la excursión agotados.

Por suerte para los jilgueros, todos los pasajeros iban demasiado atareados vigilando sus pertenencias y a sus retoños como para fijarse en los únicos cuatro raritos que esperaban en el andén dos. En el caso poco probable de que alguien les dedicase una migaja de mirada, los daría por una pandilla de gamberros que pasaban la tarde fumando fuera de sus casas y tirando cáscaras de pipas al balastro de las vías.

Ni siquiera las visitas más desorientadas acababan por accidente a ese lado. El andén dos se había abierto casi veinte años después del primero, con la intención de conectar aquellas playas con regiones más lejanas y fomentar el turismo en la zona. O al menos así lo había vendido el alcalde de ese entonces. En lo que iba de día, todos los vagones que habían circulado por el segundo carril eran de carga y no habían traído consigo ningún bañista perdido.

EL OLOR DE LOS JILGUEROSHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora