* los Almirantes Celosos**

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En la sede de la Marina en Marineford, la vida era estricta, disciplinada... hasta que apareció Kagome Higurashi.

Sengoku la había adoptado años atrás, después de que un extraño portal la escupiera cerca de una isla. La chica de cabello negro largo, ojos brillantes y poder espiritual capaz de purificar incluso el mar tormentoso se ganó rápidamente el corazón del viejo almirante. Para Sengoku, Kagome era su hija. Punto. La protegía como un padre sobreprotector y la consentía en secreto.

Lo que nadie sabía -ni los tres almirantes- era esa relación.

Akainu, Aokiji y Kizaru estaban completamente obsesionados con ella.

Kagome caminaba por los pasillos con su yukata modificado (mezcla de estilo japonés y uniforme de la Marina) cuando los tres aparecieron al mismo tiempo, cada uno cargando regalos cada vez más extraños.

-Kagome-chan~ -canturreó Kizaru, con su eterna lentitud y sonrisa brillante-. Te traje esto. Un espejo de obsidiana que refleja la velocidad de la luz. Para que siempre veas lo hermosa que eres... a 300.000 km/s.

Akainu, con expresión seria pero ojos ardientes, le entregó una caja de magma enfriado que formaba una rosa eterna.
-Algo fuerte y duradero. Como yo. No se marchitará jamás.

Aokiji, más relajado, le dio un pequeño pingüino de hielo que cobraba vida y la seguía a todas partes.
-Para que nunca te sientas sola, incluso cuando hace frío.

Kagome aceptaba los regalos con una sonrisa educada pero incómoda.
-Gracias, chicos... pero de verdad, no es necesario.

Los tres almirantes competían descaradamente por su atención. Le traían frutas raras del Grand Line, armas espirituales que "combinaban con su poder rosa" y hasta un trono pequeño hecho de diamantes congelados y magma moldeado. Cada regalo era más exagerado y extraño que el anterior.

Una tarde, Kagome estaba en el despacho de Sengoku, sentada en su regazo mientras él le revisaba una herida antigua en el brazo con preocupación paternal.

-Padre, estoy bien. De verdad -decía ella riendo.

En ese preciso momento, los tres almirantes entraron sin tocar, listos para invitarla a una "patrulla privada".

Y se congelaron.

Sengoku, el gran Buda, tenía a Kagome en su regazo, una mano en su cintura y la otra acariciando su cabello con cariño. Para ellos, la imagen era clara: el viejo zorro estaba con ella.

Akainu explotó primero. Literalmente, pequeñas grietas de magma aparecieron en el suelo.
-¿¡QUÉ DEMONIOS ES ESTO!? ¡Viejo verde! ¿¡Cómo te atreves a ponerle las manos encima a Kagome-chan!?

Aokiji se quitó los lentes, con el hielo crepitando a su alrededor.
-Pensé que eras un hombre de honor, Sengoku... Resulta que eres un pervertido que se aprovecha de una chica joven.

Kizaru, aunque seguía sonriendo, tenía la mirada más afilada que nunca.
-Oooh... qué lento me moví. Debería haber actuado antes. Viejo sucio... ¿usando tu posición para esto?

Sengoku levantó una ceja, confundido. Kagome, en cambio, se puso roja de vergüenza y luego de risa.

-¡Esperen! ¡No es lo que piensan! -exclamó ella, bajándose del regazo de su padre-. ¡Sengoku es mi padre adoptivo! ¡Me adoptó hace años!

Los tres almirantes se quedaron en silencio absoluto durante cinco segundos.

Akainu: "...¿Padre?"

Aokiji: "¿Buda tiene una hija...?"

Kizaru: "Vaya... qué revelación tan lenta..."

La vergüenza los golpeó como un Buster Call. Pero el daño ya estaba hecho. Sengoku se levantó lentamente, con esa aura aterradora de almirante en jefe (aunque ya retirado en algunos contextos).

-Así que... ¿viejo verde? ¿Pervertido? ¿Sucio? -repitió con voz peligrosa-. Kagome, hija, ¿qué crees que deberíamos hacer con estos tres insolentes?

Kagome sonrió con picardía, cruzando los brazos. Ese brillo rosa apareció suavemente a su alrededor.
-Creo que deberían aprender respeto, papá. Y ya que son tan fuertes... que limpien todo el piso del despacho con cepillo de dientes. Los tres. Ahora.

Sengoku asintió con aprobación.
-Excelente idea. Y que sea impecable. Tienen dos horas.

Akainu quiso protestar, pero una mirada de Sengoku lo calló. Aokiji suspiró y creó tres cepillos de hielo. Kizaru se movió... muy lentamente hacia el suelo.

Mientras los tres almirantes más poderosos de la Marina se arrodillaban y empezaban a frotar el piso con cepillos de dientes diminutos, Kagome se sentó al lado de Sengoku, apoyando la cabeza en su hombro y sonriendo con inocencia.

-Ustedes pueden hacerlo~ -dijo con voz dulce-. Después de todo, si quieren seguir trayéndome regalos raros, primero tienen que ganarse el permiso de mi padre.

Akainu gruñó, frotando con más fuerza.
-Esto no termina aquí, Kagome-chan...

Aokiji: "Al menos el suelo quedará muy frío y limpio..."

Kizaru: "Qué tarea tan... lenta..."

Sengoku soltó una risa baja y acarició la cabeza de su hija.
-Bien hecho, Kagome. Nadie toca a mi niña sin pasar por mí primero.-

Kagome cerró los ojos, feliz. Ser la hija adoptiva del Buda tenía sus ventajas... especialmente cuando tres almirantes obsesionados y celosos terminaban haciendo tareas humillantes por ella.

Fin.

Kagome crossover Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora