caballeros dorados

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El silencio que siguió fue más peligroso que cualquier batalla.

Kagome sintió doce pares de ojos sobre ella. No era la mirada de monstruos ni de demonios. Era algo peor: era adoración disfrazada de vigilancia. Y todos aquellos hombres dorados, perfectos, divinos, la observaban como si fuese un milagro que acababa de caer del cielo.

-Tranquila -dijo Aiolos, con una voz que pretendía ser serena, pero que vibraba con una intensidad apenas contenida-. Nadie te hará daño aquí.

-Habla por ti -murmuró Saga, sin apartar los ojos de ella-. Algunos de nosotros podríamos ser más peligrosos que otros.

-¿Estás hablando de ti? -preguntó Shaka, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos-. Porque tu cosmos tiembla, Saga. No sé si es deseo... o miedo.

-Cállate, Virgo.

-No me digas que te calles cuando estás a punto de perder el control. Su energía te afecta más que a todos nosotros, ¿verdad?

Kagome se encogió. No entendía nada. Pero algo en la tensión del ambiente le decía que su presencia allí no era casualidad. Y que aquellos hombres, con sus armaduras doradas y sus rostros de ángeles caídos, la veían como algo más que una simple viajera.

De repente, Aldebarán dio un paso adelante y se arrodilló frente a ella. Un gigante de músculos y nobleza, con la cabeza gacha.

-Permíteme protegerte -dijo, con una voz ronca y profunda-. Mientras estés en el Santuario, seré tu escudo. Nadie te tocará sin pasar por mí.

-¿¡Aldebarán!? -exclamaron varios a la vez.

-¡Eso no te corresponde a ti! -gruñó Aiolia, apartándolo de un empujón-. Yo fui el primero en llegar. Yo la vi primero.

-Y sin embargo, no hiciste nada -dijo Milo, con su característico tono burlón, mientras se recargaba en una columna con una elegancia estudiada-. Solo te pusiste en medio como un perro guardián. Patético.

-¿Quieres repetir eso, Escorpio?

-Cuando quieras, Leo.

Kagome dio un paso atrás y chocó de nuevo. Esta vez contra Camus, que la sujetó con una mano en el hombro, y ella sintió un frío agradable recorrerle la espalda.

-No huyas -dijo él, con voz baja, casi un susurro-. Te congelarías si salieras así.

Ella levantó la vista. Sus ojos se encontraron. Y Camus sintió que algo se rompía dentro de su pecho de hielo.

-Yo... solo quiero saber dónde estoy -logró decir ella, con la voz temblorosa.

-Estás en el Santuario -respondió Mu, apareciendo a su lado con una suavidad fantasmal-. Un lugar donde los dioses caminan entre los mortales. O al menos, donde algunos intentan ser dioses.

-Y tú, ¿qué eres? -preguntó Kagome, mirándolo con curiosidad.

Mu sonrió, y sus ojos brillaron con un destello de ternura.

-Alguien que también quiere conocerte.

-Basta -cortó Saga, con una autoridad que hizo estremecer el suelo-. Esto no es un juego. Su presencia alteró el cosmos. Atravesó una grieta dimensional. Eso no es casualidad.

-¿Y qué propones, Géminis? -preguntó Shura, cruzando los brazos- ¿Encerrarla? ¿Interrogarla?

-Propongo que la protejamos -dijo Saga, y su mirada se suavizó al posarse en Kagome-. Pero no como un objeto. Como una aliada. Hasta que sepamos por qué está aquí.

Hubo un murmullo. Algunos asintieron. Otros apretaron los puños.

Pero entonces, la grieta azulada que había traído a Kagome comenzó a latir de nuevo. Y del otro lado, se escuchó una voz ronca, desesperada:

Kagome crossover Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora