Naruto notó como en las murallas blancas de la capital, los arqueros de Madara se colocaban en posición. Le parecía extraño, si le preguntaban, habría jurado que la noche anterior en esa ciudad no había ni un alma, y ahora se veía una mancha negra encima del muro, de la cantidad de soldados apostados sobre esta.
Una enorme lluvia de flechas dió inicio a la batalla decisiva, las cuales el jinete detuvo con un hechizo de protección, utilizando el angol de su dragón. Desde la batalla en Los llanos ardientes, el vínculo de ambos era mucho más amplio, dejando pasar, además de energía mágica, los instintos animales de Kurama y todos sus pensamientos y sensaciones, sin ningún filtro. Dicho lazo hacía que los sentidos de Naruto se volvieran incluso más agudos que los de los elfos.
Él se puso de pie sobre su montura y apuntó su espada hacia la fortaleza.
—¡Llegó la hora!— bramó —¡Luchemos por nuestra libertad! ¡Ataquen!— ordenó, y las filas de humanos y carneros se precipitaron con gritos de guerra hacia la muralla.
Kurama alzó el vuelo cuando él se hubo colocado las correas de sus piernas, y entonces se acercó a la enorme puerta de madera. Con una llamarada dorada e increíblemente potente, destrozó la entrada, derritiendo las bisagras gigantescas de metal y haciéndola caer con un enorme estruendo y casi convertida en cenizas.
Bajo la lluvia de flechas muchos murieron, pero la mayoría lograron invadir las calles de la ciudad.
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En medio de su dolor, Sasuke soltó una carcajada eufórica que resonó con eco en la habitación. Aún desde la alta torre podía escuchar el murmullo de la batalla y los rugidos de Kurama, como un anuncio de que él estaba cerca, de que Naruto estaba en la ciudad...
—Viniste, meleth nín... (amor mío...)— murmuró con lágrimas en los ojos.
Se removió una vez más, los grilletes de sus manos y tobillos lastimando sus heridas. Y era en vano, lo sabía, cualquier intento de liberarse no funcionaba, ni siquiera podía utilizar la magia. Pero la ansiedad, la inquietud por verlo de nuevo, no lo dejaba estar tranquilo.
Kushina entró a la habitación y frunció el ceño al verlo, colocó una mano en su pecho para intentar calmarlo y Sasuke la miró a los ojos.
—Libérame— rogó —Te lo suplico, suéltame...
—No puedo hacer eso— negó rotundamente, alcanzándole un poco de agua.
El ernil sacudió la cabeza y cuenco cayó al suelo.
—Ese jinete del dragón que escuchas, ese que está luchando allá abajo, es tu hijo... Déjame ir, yo necesito...
—¡Mi hijo está muerto!— gritó.
—¡Por Ithil, mujer! ¡¿Qué te hicieron para que olvidaras el nombre que tú misma le diste?! ¡Naruto! ¡Naruto el jinete de dragón!
Ella retrocedió.
—Tanta tortura te ha vuelto loco— murmuró —Madara me pidió vigilarte, ya se porqué, serías capaz de cortar tus manos y pies con tal de salir de aquí.
—Lo sería... con tal de verlo una vez más— sollozó al escuchar nuevamente otro rugido de Kurama.
¿De qué manera podía hacer que Kushina recordara, que lo ayudara? ¿Qué método podía usar que no fuera la magia?
—Lo amas mucho— mencionó ella.
—Lo amo,— bramó —tanto que duele. Tú... sabes como se siente— murmuró. Esa era su repuesta; los sentimientos de Kushina. Todo estaba en su cabeza, Naruto y él habían compartido tantas veces sus pensamientos... La carta de la mujer estaba tanto en la memoria de su esposo como en la de él. Cerrando los ojos, buscó en sus recuerdos y comenzó a recitarla —"Amor de vida, en verdad espero que puedas recibir este mensaje. Es de vital importancia que conozcas lo que aquí está escrito... Justo un mes después de tu partida, quedé embarazada. Yo te juro, Minato, que durante el tiempo que estuviste a mi lado, Madara no compartió mi lecho, así que estoy totalmente segura de que es tuyo. Por esa razón salí de Barad Môr, tuve que justificar mi partida con un viaje imprevisto para recaudar impuestos, me alejé de la capital durante los ocho meses restantes que duró mi gestación. Fuí acogida por un matrimonio campesino que me trató como a una hija, allí nació nuestro bebé, Naruto, y para mí desdicha tuve que dejarlo con solo unos días de vida..."— ella se acercó a paso lento, con los hombros tensos y sus ojos azules abiertos de par en par.
—Minato...— murmuró.
—"...los soldados llegaron al pequeño pueblo donde me encontraba. Por suerte no sospecharon de los motivos de mi huída. El viejo Sarutobi y su esposa, prometieron cuidar de mi hijo. Aunque pobres, son personas de bien y sé que mi bebé crecerá para ser un buen chico, justo y valiente, al igual que tú. Por favor, Minato, te ruego, ve a El Valle de la Hojas y vela por nuestro hijo. Si Madara llega a saber de su existencia, lo matará sin piedad. Te amaré por siempre a tí y a Naruto. No creo que vuelvas a oír de mí, temo por mi vida... Hazle saber, Minato, hazle saber a mi Naruto que no he querido a nadie en esta tierra tanto como a él, y que me perdone por no ser la madre que se merece."
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—¡Daró! (¡Alto!)— gritó Naruto, deteniendo una oleada de lanzas contra el grupo de avanzada, en el que también Sakura luchaba.
—Amlugben, estos soldados están bajo un hechizo. No sienten dolor— gruñó Kakashi a su lado, blandiendo su espada sin descanso.
Los enemigos eran cortados, desmembrados, pero al no sufrir tardaban en caer. Para vencerlos rápidamente había que darles un golpe mortal, lo que era dificultoso y les robaba tiempo. No vieron en ningún momento a civiles, las casas de la capital estaban vacías a excepción de los soldados, como si Madara hubiese alejado a todo el que no le fuese útil. A cada rato, en medio de su lucha, miraba las altas torres del palacio. Estaba muy cerca, lo sentía, tanto de Sasuke, como de su enemigo. Pero el tirano no se había dignado a salir.
—Si seguimos así, tendremos que retroceder— advirtió el jefe de Los Rebeldes.
—¡Kakashi...!— gritó Yamato el capitán, desde unos metros atrás —Los soldados de Suna tuvieron que replegarse.
—¡Maldición!— gruñó el peliblanco.
—Subiré de nuevo...— anunció Naruto. Estaba evitando volar, pues eso lo convertía en un blanco fácil para las ballestas y lanzas de cualquier ángulo, y no quería gastar energía en sus escudos protectores.
—¡Vienen los elfos!— gritó un hombre con júbilo y el eco de felicidad se esparció por entre las filas
—¡Es Itachi!— exclamó Naruto, aliviado.
Con los refuerzos edhel, no les resultó difícil mantener la posición obtenida e ir lentamente avanzando, ganando terreno. Los elfos luchaban dándolo todo, cada vida perdida era un dolor tremendo para su raza, pero en el momento decisivo de Naudôr, eran necesarios los sacrificios. El aran llegó a la avanzada, atravesando las filas con su capa negra hondeando a su espalda. Shisui venía a su lado, ambos con sus espadas ensangrentadas. Naruto notó con inmediatez la venda oscura en los ojos del rey y frunció ceño.
—Nos volvemos a encontrar,— saludó Itachi —pero no es momento de formalidades, hermano. Acabemos con esto de una vez— el jinete asintió y después de ver como Itachi apuntaba su arma hacia adelante, hasta allí dirigió la vista.
Como si el rey lo predigera, el hechicero de cabello rojo que había matado a Jiraiya, a Gama y secuestrado a Sasuke, apareció en medio de un plaza cercana. Naruto gruñó, siendo secundado por Kurama a su lado.
—Es él...— siseó y a punto de dar un paso, la mano de Itachi en su hombro lo detuvo.
—Yo me hago cargo— dijo serio.
—Pero aran, ese hombre... Usted no está en condiciones...
—Precisamente por mi ceguera, es que soy capaz de luchar con él— explicó —Tu batalla está subiendo la escalinata de la fortaleza oscura— Naruto apretó la empuñadura de su espada —Ve, jinete... Cumple tu destino y no te atrevas a regresar sin mi hermano.
—Eso haré— gruñó y subió a la grupa de su dragón.
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PRESAGIO (Terminada)
Fiksi PenggemarEn el principio de los tiempos, cuando no habían ni siquiera personas en esta tierra, los dragones vivían y cazaban con absoluta paz. Criaturas magníficas e increíblemente mágicas, caminaron y volaron por los mismos parajes que nosotros habitamos ah...
