3. "Soy un jinete"

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Sintió como si su cabeza hubiese sido golpeada contra el yunque del herrero. Lentamente abrió los ojos y haciendo una mueca de dolor, intentó incorporarse. Su pecho pesaba más que antes, y solo al mirar hacia él, se dió cuenta de que la extraña criatura dormía allí, plácidamente enroscada en su propia cola. La tomó en las manos, temeroso. El pequeño zorro se enroscó más aún y después de emitir lo que a Naruto le pareció un suspiro, siguió durmiendo cómodamente en las manos del joven.

Sentado en la cama lo observó con más detalle. Sus patas y la punta del morro eran más oscuras que el resto de su cuerpo, sin embargo, los extremos de las alas y la cola degradaban el rojo hasta convertirlo en dorado.

—¿Qué eres, pequeño?— dijo con voz sedosa y con un dedo acarició la peluda cabeza. Su corazón se llenó de tanta ternura hacia esa criatura, que de inmediato supo que le pertenecía. Los relatos de la noche anterior vinieron a su mente como fría cascada y concluyó, que lo que había salido del huevo, era un dragón —¿Qué otra cosa puede ser?— dijo en alta voz y el animalito alado se desperezó, estirando las patas delanteras y abriendo su boquita llena de afilados dientes, para después frotar su cabeza contra el dedo pulgar de Naruto.

Decidió ponerle nombre ¿Pero que nombres tiene un dragón? Ni siquiera sabía el sexo. Pensando esto, le levantó una pata trasera.

—Definitivamente eres macho— rió —Pero no sé que nombre darte, pequeño— el dragón lo miró y ladeó la cabeza.

Solo conocía una persona que le podía enseñar sobre esas criaturas. Iría al pueblo a pedirle al cuentacuentos Minato, que le hablara acerca de los dragones.

Antes de irse bajó las escaleras y tomó un trozo de carne seca de la alacena, cuando se lo dió a la criatura, esta lo atacó sin clemencia. Tomando su jubón se lo deslizó por la cabeza y fue directo al caso de madera en el que lavaba su rostro en las mañanas. Se quedó quieto mirando su reflejo, en el centro de la frente tenía una marca plateada en forma de espiral. "Eso no es bueno", pensó. Definitivamente tenía que ver con el dragón, recordó el dolor que lo dejo inconsciente. Los aldeanos supersticiosos de El Valle, no mirarían con buenos ojos esa marca tan rara. Buscando a su alrededor encontró una tira de cuero lo suficientemente gruesa para cubrir su frente, y se la ató.

—Tienes que quedarte aquí, pequeñín— le dijo al dragón y este volvió a girar la cabeza. Naruto supo que de alguna manera le había comprendido y le rascó detrás de la oreja —Volveré en la tarde— dijo al cerrar la puerta de su habitación. Afuera apenas había salido el Sol, y en el pequeño establo donde estaba la vaca, encontró a Sarutobi —Padre, iré al pueblo a ver si el herrero tiene algún trabajo para mí— mintió.

—De acuerdo, no regreses tarde, las noches ya son demasiado frías— dijo el viejo mientras apretaba las ubres del animal.

Recorrió los tres kilómetros que separaban su casa del pueblo casi a trote, y tocó en la puerta de madera del viejo cuentacuentos.

—¿Quién llama?— preguntó él, con la cálida voz que lo caracterizaba.

—Naruto— Minato abrió la puerta y lo miró con una ceja levantada. Llevaba una de esas túnicas raras hasta los tobillos y tenía una jarra en la mano.

—¿Qué te trae tan temprano a mi puerta, muchacho?

—Es que...— pensó bien la manera de preguntar —La historia de anoche me gustó mucho y quería que me contara un poco más acerca de los dragones— el anciano lo miró con curiosidad, entrecerrando los ojos, luego abrió completamente la puerta y lo invitó a pasar.

Nunca había entrado a la casa de Minato, todas las paredes estaban cubiertas por estantes de libros y pergaminos, algunos objetos raros también colgaban de ellas. Se sentó junto a la cálida chimenea y recibió con gusto una jarra de cerámica que le ofreció.

PRESAGIO (Terminada)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora