Aquel primero de Septiembre fue un antes y un después en mi vida. Hasta aquella fecha mi vida era feliz. Era increíble vivir en un sueño. Un sueño que constaba de una familia postiza, la de Lali. Unos amigos y amigas sumamente incondicionales. Los porteños y los bahienses. Y mi chica. Mi novia. Mi princesa. Mi reina. Mi muñeca. Mi chinita. Mi nenita. Mariana. Lali. Era el ser más sorprendente que había conocido en mis cortos veintitrés años. Era linda por naturaleza, y ella lo sabía. Era dulce y mimosa, como a mi me gustaban las mujeres. Era increíble. Increíblemente espontánea y conciliadora. Tenía el corazón más grande y el alma más pura de todas. Me había abierto las puertas de su vida en lo que uno tarda en parpadear. El amor que sentía por ella era sencillamente inexplicable. Ella era inexplicable. Por momentos me detenía a mirarla, sin que ella lo notase, y no podía creerlo... como era que por un extraño milagro de la vida ella me amaba y yo a ella también. Cada despertar a su lado me hacía sentirme orgulloso de mi mismo. De haber sido lo suficientemente humano por habernos dado esa nueva oportunidad que su corazón y el mío pedían a gritos. Errar es humano, y ella no es una extraña criatura. Sí. Había errado y yo la había perdonado en el primer te amo que esbozó frente a mí.
Era una tarde soleada cuando el timbre de casa sonó. No estaba haciendo nada entretenido, sólo limpiaba. Sí. Limpiaba mi departamento. Eso sí que era increíble. Abrí la puerta y quedé paralizado. Ni mis ojos ni mi corazón se acostumbraban a la belleza de Lali.
-¡Ya Peter!- me gritó fastidiosa. Yo sólo me eché a reír. No había cosa peor para ella que me la quedase mirando con la boca abierta.
-Hola ¿qué tal? ¿Todo bien? Yo también, gracias-dije cerrando la puerta.
-Si no te hubieses quedado quieto mirándome como un baboso, quizás te hubiese saludado como corresponde- dijo al tiempo que se cruzaba de brazos. Ya estaba sentada sobre el sillón.
-Es que... ¡sos hermosa!- le grité teatralizando. Sus facciones se mantenían con cierta severidad. –No me digas que te enojaste...-dije acercándome al sillón. -¿Me vas a saludar?-quise acercar mi boca a la suya pero corrió su cara. Era tan histérica. –Vos y yo sabemos que no aguantas mucho tiempo sin besarme- dije con una sonrisa torcida, su favorita. Sí. Sabía que moría ante mi sonrisa.
-Eso quisieras vos- dijo superada. Sostuve su cara entre mis manos con fuerza pero sin lastimarla. Paseé por su cara con la punta de mi nariz y sentí como de a poquito se estremecía. Rozaba apenas mis labios con los suyos, y cuando ella se disponía a unirlos, yo corría la cara y seguía acariciándola. Me mantuve de aquella forma unos minutos más. La tomé de la nuca y me quedé frente a ella. Nuestras narices se chocaban, y nuestras bocas se rozaban. -¿Qué tenes?- le susurré.
-¿Yo?... nada- dijo despreocupada. ¿Quería histeriquear? Iba a darle histeriqueo.
-Buenísimo- dije sonriente. Me separé de ella con brusquedad y me senté en la otra punta del sillón. Encendí la tele y allí me quedé. Noté como me fulminaba con la mirada. Bueno... ella había empezado con el histeriqueo. Se que no pudo contenerse, por lo que, pocos momentos después la tenía sentada sobre mis piernas mirándome fijamente.
-¿Qué?- le dije.
-Sos el peor...
-¿Yo? Jamás- dije rodeando su cintura y entrelazando los dedos de mi mano alrededor de ella. Se acercó a mí y unió sus labios con los míos. Fue un beso largo, lleno de amor. Se nos hacía necesario respirar, por lo que nos separábamos escasos segundos y luego buscábamos la boca del otro como si aquello fuese imprescindible para vivir. –Te amo- dije en un susurro al tiempo que tenía entre los dientes su labio inferior. Esa boca que me volvía indiscutiblemente loco.
-Yo te amo- dijo cuando le di una tregua y le solté el labio.
-Yo te puedo- dije superado. Ella me miró con sorpresa. –Obvio... te puedo, soy tu debilidad... y me encanta... y vos sos la mía, me podes- dije con una sonrisa de costado. Aquello sirvió para que me besase una vez más.
