Capítulo 96 - Cae el sol

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Joffrey estaba lejos de ser el arquero que era su hermana. Tampoco era un maestro del filo como su hermano, ni mucho menos tenía el temperamento y la ferocidad de su padrastro.

Sin embargo, eso no lo volvía alguien fácil de matar.

No acertaría a cada blanco con total perfección del primer tiro, ni tampoco podría blandir espadas o domar consejos, pero no por eso alguien podría considerarlo menos temerario. Seguía siendo un príncipe, seguía siendo un Velaryon y seguía teniendo un dragón.

Esa mañana era su turno de patrullar las afueras de Winterfell.

Nadie lo había obligado a tomar tal tarea. De hecho, los señores en el consejo de su hermano consideraban imprudente. Título o no, seguía siendo un hombre formidable que había declarado la guerra al Usurpador y a la Cruel. Él sería una baja que el enemigo buscase, pues significaría tener que lidiar con un dragón menos, y con un par de reyes-hermanos en duelo por la pérdida de otro de los suyos.

Para su fortuna, Jace decidió concederle tal gracia de todas formas.

"Mi hermano no es débil ni inútil. No dudo que, de requerirlo, enfrentará la adversidad sin siquiera llevarse un rasguño".

Los hombres del rey le habían asignado el primer turno, justo cuando el sol comenzaba a salir. Y allí, mientras el alba teñía las nubes azules oscuras de mil naranjas, Joff cazaba palomas y cuervos con atisbos de cartas blancas envueltas en sus patas.

Tal y como lo venía haciendo durante el último mes.

Los demás soldados desconocían ese propósito suyo. De hecho, no estaba seguro de que siquiera los señores fuera del consejo de su hermano lo supieran. Era un pequeño favor que le había pedido la Mano. Stark.

"El enemigo no solo tiene dragones, tiene maestros de las mentiras y blasfemias. Encantadores de ratas. Susurradores de gusanos. No podemos arriesgarnos a que sus alimañas les cuenten lo que ve aquí. Sería nuestro fin".

No solía pasar nada interesante, si era sincero. Tampoco lo encontraba mal: En tiempos de guerra, lo mejor era el no tener noticias que el arriesgarse a recibir alguna mala. Habría interceptados cinco o seis palomas y nueve cuervos desde que le concedieron patrullar pero ninguno tenía realmente otra información más que intercambios diarios de los Señores del Norte para con sus familias. Esposas. Hijas. Amantes. Bastardos. Madres.

Esa mañana, tuvo que disparar para derribar al cuervo de pelaje negro azulado.

Tenía un mal presentimiento.

Fuera porque el animal estuviera entrando a la fortaleza, pareciera fatigado o porque pareció recibir su muerte con alivio. Saboreaba algo diferente esa mañana de otoño norteño. No... No sabía decir qué, sólo lo sentía.

Joffrey estaba lejos de ser el arquero que era su hermana. Tampoco era un maestro de la espada como su hermano, ni mucho menos tenía el temperamento y la ferocidad de su padrastro.

Sin embargo, eso no lo volvía alguien fácil de matar.

Porque Joffrey Velaryon tenía un instinto infalible.

Cuando leyó aquel mensaje, montó su caballo y galopó tan rápido como esa yegua se lo permitió.

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𝗧𝗥𝗘𝗦 𝗖𝗢𝗥𝗢𝗡𝗔𝗦 || 𝘑𝘢𝘤𝘢𝘦𝘳𝘺𝘴 𝘝𝘦𝘭𝘢𝘳𝘺𝘰𝘯Donde viven las historias. Descúbrelo ahora