Aemond Targaryen se sentaba despreocupado en la cabecera de la mesa del consejo.
No intentaba ocultar su evidente desinterés por cual fuera la cosa que el resto de los hombres sentados allí estuvieran comentando. Él nunca había sido de treguas o diplomacia.
El tuerto se consideraba a sí mismo un dragón, un ser superior al resto de los mortales presentes en aquella habitación.
A lo mejor su desinterés en lo que fuera que estuvieran diciendo aquellas personas surgía de que sus voces sólo expresaban quejas y preocupaciones por la decisión más reciente de su majestad: Intervenir en la huida de los hijos de Rhaenyra.
Sus espías le habían confirmado tal cosa.
En el medio del Mar Angosto, entre Rocadragón y Essos, un barco pesquero de ninguna característica extraordinaria zarpaba del puerto con la carga más importante de su vida: Dos niños de cabello de oro y plata, un dragón y un huevo por aún eclosionar.
Esta era la oportunidad que habían estado esperando.
Con su reciente alianza con la Triarquía, sabía que tenían los números para acabar con los barcos de la Serpiente Marina de él decidir intervenir. Sin mencionar que la captura de los dos últimos vástagos de la puta, harían que su deplorable estado mental terminara de quebrarse, volviéndola presa fácil para cualquiera de sus contrincantes.
Sin embargo, su consejo no parecía ser suficientemente inteligente como para poder ver esto.
"Es demasiado arriesgado".
"Es improbable, imposible. ¿Qué sucederá cuando Jacaerys y Daenyra se enteren? ¿Qué haremos cuando siete dragones desciendan sobre los barcos?"
"Los escorpiones no serán suficiente contra ellos. Una acción así nos condenará".
Aemond insistía: lo suyo no era la diplomacia, pero mucho menos era la paciencia.
Lo suyo era el fuego.
El fuego y la sangre.
"Piensa esto dos veces, hijo. Si no por el bien de reino, por la cordura de tu madre" el gélido tacto de su madre lo traje de vuelta a la conversación. Los presentes lo miraban, angustiados por aquel anuncio que había hecho horas atrás. Al menos ahora no hablaban. Eso irritaba un poco menos a su majestad.
Sólo debería poner en su lugar a la persona que había osado a tocarlo.
Su único ojo giró hacia la reina madre.
Cualquiera que conociera al príncipe regente, sabría muy bien de lo impasible de su rostro. Guardaba sus emociones en lo más profundo de su pecho, bajo una coraza de hierro imposible de penetrar. Uno sólo podría conocer sus pensamientos si él deseaba compartirlos... o si había perdido el control sobre ellos.
A lo mejor por eso los Señores se encogieron en sus lugares.
Aemond Targaryen tenía una pequeña sonrisa dibujada.
"Se están destruyendo entre ellos" insistió la reina madre cuando aquel gesto terco que su hijo hacía desde pequeño comenzaba a asomar. "Daemon y Daenyra pelean. Rhaenyra desciende lentamente en la locura de su soledad" apretó un poco su mano, como agradeciendo su atención al mismo tiempo que rogaba unos segundo más de ella. "Vhagar está débil. Sunfyre tiene un ala a medio arrancar. El Caníbal no es suficiente para vencer a los siete dragones de Jacaerys y los cuatro de Rhaenyra. No debes permitir que tu enojo nuble-".
"¿La vista?"
Alicent tragó.
Nadie más habló. Nadie podría atreverse.
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𝗧𝗥𝗘𝗦 𝗖𝗢𝗥𝗢𝗡𝗔𝗦 || 𝘑𝘢𝘤𝘢𝘦𝘳𝘺𝘴 𝘝𝘦𝘭𝘢𝘳𝘺𝘰𝘯
Fanfiction❝ No le temo a quemarme, hermano. Yo soy un dragón. Estoy hecha de fuego.❞ Rhaenyra podía oler el llanto y las cenizas de la guerra que se avecinaba. Y cuando tuvo la oportunidad de asegurarse un arma, no dudó en tomarla. Porque eso era Daenyra pa...
