❝ No le temo a quemarme, hermano.
Yo soy un dragón.
Estoy hecha de fuego.❞
Rhaenyra podía oler el llanto y las cenizas de la guerra que se avecinaba. Y cuando tuvo la oportunidad de asegurarse un arma, no dudó en tomarla.
Porque eso era Daenyra pa...
La mayor parte de su vida la pasó en lecciones mañaneras con la septas Lydia sobre cómo una princesa debía comportarse en el mundo en que vivìan. Le enseñaban a ser complaciente, a comer, reir y hasta respirar con delicadeza. Practicaba danza con un instructor que su tío Daeron había recomendado y leía sobre la historia de la casa Targaryen tal y como su tío Aemond le contó que hacìa a su edad.
Pasaba con sus hermanos las tardes. Jaehaerys insistiría en jugar al escondite o en pretender ser un par de aventureros que recorrían el mundo a lomos de Shrykos y Morghul. Inventaba comidas con ingredientes míticos y peleaba con monstruos imaginarios que quisieran dañar a su gemela - y a su noble escudero, el bebé Maelor-. Cuando se cansaba de correr por allá y por acá, preguntaría a su madre por su tía Nany y cuándo sería que se uniría a ellos.
Por la noche, cenaría con sus padres y abuela, en ocasiones también con sus tíos Aemond y Daeron. Se encargarían de escuchar todo lo que había aprendido en las lecciones que cada uno agregó a su día y ellos la escucharían atentamente, sonriendo ante la emoción de la niña. Jahaerys se tornaría verde de por la envidia que sentía cada vez que los adultos en la mesa se concentraran en ella y haría alguna payasada para que la atención volviera a él.
Jaehaera había sido una niña. Antes de que todo comenzara, antes de que sus tíos fueran cegados por una ambición prestada y su hermano pagara el precio de tal cosa.
Jaehaera ya no era una niña.
Sus mañanas eran solitarias. La septas Rylhu era cruel, llegando a golpear sus nudillos con una regla cada vez que ella se equivocaba contestando alguna pregunta. Varios días pasó preguntàndose cómo reaccionarían su padre y sus tìos al enterarse lo que estaban haciéndole, y varios días se imaginaba los horribles castigos que impondrían sobre la anciana mujer de màs arrugas que cabello.
Ya no leía. Ya no bailaba. Ya no pasaba las tardes con sus hermanos, madre y tía. Caminaría por los jardines con Maelor- y al menos seis guardias a sus espaldas. Helena ya no era capaz de mirar al pequeño, por lo que recaía en ella el enseñarle las maravillas del mundo.
Pero no sabía qué maravillas quedaban en un mundo donde la imagen de la ejecución de su hermano se reproducían cada noche en sus sueños.
Pero tenía tan sólo seis.
Jaehaera ya no era una niña. La obligaron a dejar de serlo.
Quizás fue por eso que reconoció el peligro que representaban los guardias que vinieron a buscarla a ella, a su madre y a su hermano a sus aposentos. Haya sido por sus sonrisas torcidas por el asomo peligroso en sus palabras, supo que la calma antes de la tormenta había terminado.
Lo único que quedaba ahora, era caos.
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