Capítulo 84 - Hay cenizas en la sal

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"¡Hice lo que era necesario!"

"¡¿Necesario?! ¡¿Dónde encuentras el descaro para mirarme a los ojos y decirme que mantenernos alejados de ella era necesario, mamá?!"

Avanzaba, pero no parecía hacerlo.

Su cuerpo divagaba en la oscuridad. Una y otra vez, uno de sus pies se adelantaba al otro y lo forzaba a caminar en compañía del sonido de la suela de su bota golpeando contra el suelo rocoso y eventualmente algún charco de agua filtrada entre las grietas del techo por la tormenta de la noche anterior.

La antorcha que sostenía con su cansado brazo - había estado entrenando toda la mañana, era lógico que lo sintiera así- a penas iluminaba donde estaba parado. De todas formas, no podría decirse que caminaba a ciegas. Conocía cada rincón de ese castillo: cuando era pequeño, sus hermanos, sus primas y él jugarían a pretender ser aventureros valientes, haciendo del descubrimiento de los pasadizos ocultos una actividad divertida.

"¡No espero que lo entiendas!"

"¡No, no esperes una mierda a que en mi cabeza entre la idea de que mandarla a pelear recién vuelta de quién sabe qué tortura en la capital! ¡No esperes a que entienda cómo te sorprende que el hombre que la ama, el que tú le elegiste, haya ido tras ella en un intento desesperado por ayudarla!"

El fantasma del ardor de su mejilla volvía a aparecer, pero no había nadie ahí con él.

Joffrey Velaryon no conocía la soledad. Al nacer, ya contaba con tres cómplices de juegos, aventuras y peleas. No hubo día en que la compañía de alguno de ellos no alegrara su día, fuera en el patio de entrenamiento, en lomos de dragón o en la biblioteca.

No supo en qué momento todo se derrumbó.

"Cuida tu lengua, muchacho. Soy tu madre, pero también soy tu reina"

"Tú no eres mi madre" Aún hoy, no sabía cómo pudo decir tal cosa. No porque no la sintiera, pues estaba seguro de que la mujer a la que servía no era la que lo crió, la que los crió, sino por haber tardado tanto tiempo en decirlo en voz alta.

Su madre había muerto, su propia pena por la pérdida de Luke y su paranoia por una traición injustificada la asesinaron.

Una brisa fresca desordenó un poco su cabello enrulado castaño cuando abrió la pequeña compuerta justo en las mazmorras de Rocadragón. Decir que la antorcha en su mano era toda fuente de luz y calidez que existía en ese lugar resumía suficientemente bien el ambiente lúgubre que lo rodeaba.

"Joff-"

"¡No, no digas mi nombre! No mereces pronunciarlo, no con su voz, no con la voz de la mujer que alguna vez nos amó!"

"¡Aún los amo! ¡Eres... e-eres mi hijo, son mis niños! ¡Ella también es mi niña!"

"No veo punto en seguir escuchándola, su majestad. Nada de lo que diga enmienda que tomó una decisión... y escogió mal".

Estaba acurrucado en un rincón de su celda, con sus ropajes sucios por la sal y la tierra y algunas heridas en el rostro que no pudo definir por la falta de luz.

"Jace" lo llamó en un susurro, buscando la mirada de su hermano con la misma desesperación que sintió el segundo en que Gilly lo encontró en el patio de armas y le comunicó lo que había visto. "Jace, soy yo. Soy Joff" intentó de nuevo, moviendo la antorcha en su mano para poder iluminar el rostro del encerrado.

"Joff" lo escuchó repetir, como si tal nombre lo estuviera despertando de un mal sueño. Escuchó cómo se levantaba del suelo húmedo y lo vio acercarse a paso lento, dubitativo. El rostro de su hermano mayor fue iluminándose a medida que la distancia entre ellos se acortaba.

𝗧𝗥𝗘𝗦 𝗖𝗢𝗥𝗢𝗡𝗔𝗦 || 𝘑𝘢𝘤𝘢𝘦𝘳𝘺𝘴 𝘝𝘦𝘭𝘢𝘳𝘺𝘰𝘯Donde viven las historias. Descúbrelo ahora