Helaena no era lo que fue alguna vez.
No era madre de nadie. Los enemigos de su sangre le habían arrebatado eso de ella.
No era hija de nadie. Sus aliados, esta vez.
Y cada vez que lo pensaba... cada vez que recordaba que estaba completamente sola en este mundo, se aterraba.
¿Qué sería real? ¿Qué sería un sueño? Divagaría entre sombras que alucina, en el mejor de los casos. Moriría enterrada en verdades, en el peor.
Quizás eso estaba destinada a hacer: desaparecer. Fallecer. A veces lo pensaba. Sería demasiado sencillo.
Dreamfyre podría quemarla. Laena Velaryon así lo hizo con Vhagar.
Atar piedras a su vestido y caminar hacia el fondo del cuerpo de agua más cercano. Gael Targaryen así lo hizo a sus dieciocho.
Sin embargo, no había caso en tener en lo que podría ser. Porque Helaena no estaba sola. Tenia a Daenyra.
Y ese día, sabía que su hermana la necesitaba.
El humo quemaba en sus pulmones luego de tantas horas quieta en el mismo lugar. Sus piernas estaban cansadas, sus pies dolían.
Fue poco a poco que se quedaron solas. Las primeras en irse habían sido las gemelas dragón, hijas de... del muerto. Rhaena había colapsado en los brazos de Baela el segundo en que Sunwing, Nightfyre y Seastorm prendieron la pira. Helaena no las juzgaba. Conocía el dolor de una pérdida.
Los vasallos de Stark y el Señor de Winterfell en persona fueron los siguientes. Había mucho que planificar, pensaba la antigua reina verde. Aunque... el muerto...hubiera muerto, eso no cambiaba nada. Rojos, negros, verdes. Dragones, sangre, traiciones. El sol aún trazaba su camino en el cielo y el tiempo seguía avanzando. No podían perder otro segundo, seguramente (¿Acaso ella no perdía el tiempo haciendo el duelo del responsable de... de que ella conociera el dolor de una pérdida?)
Los Velaryon había intentado resistir un poco más.
Oh, no la Serpiente Marina y la Reina que Nunca Fue. Tampoco sus soldados, vasallos, generales o quien fuera que portara su emblema. Ellos se habían negado a asistir al funeral de un traidor.
Sus majestades. Sus hermanos.
Qué palabra extraña era aquella. Hermanos. Hel se preguntaba cómo se sentía el tener muchachos nacidos del mismo vientre que ella preocupados por su sostenerla cuando lloraba, por acompañarla en su silencio. Quizás incluso sentía envidia, si era sincera. Daenyra tenía a quien acudir. Joffrey y Jacaerys estaban enlazados por sangre a su hermana.
Los envidiaba porque ahora Dany tenía quien la sostenga. Porque no la necesitaba a ella. Los tenía a ellos.
El rey susurró algo al oído del príncipe antes de tomar el mentón de su esposa para guiar su mirada hacia él. Hel no pudo escuchar qué dijo, pero Daenyra asintió, rendida.
Un pequeño beso en la frente fue toda su despedida.
Joffrey tardó un poco más en despedirse. No quería dejar a una de sus pocas hermanas sola, mucho menos en la condición en la que estaba.
"Los maestres creen que lo perderá. Que sólo es cuestión de tiempo"
"P-pero Dany ha perdido a demasiados. Algo así-"
"Es natural" la había interrumpido uno de los consejeros en la mesa del rey "Su deber como reina es tener descendencia con la que reafirmar su posición en el poder y el perdurar de su legado. Si este muere, su majestad siempre puede poner otro en su vientre".
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𝗧𝗥𝗘𝗦 𝗖𝗢𝗥𝗢𝗡𝗔𝗦 || 𝘑𝘢𝘤𝘢𝘦𝘳𝘺𝘴 𝘝𝘦𝘭𝘢𝘳𝘺𝘰𝘯
Fanfiction❝ No le temo a quemarme, hermano. Yo soy un dragón. Estoy hecha de fuego.❞ Rhaenyra podía oler el llanto y las cenizas de la guerra que se avecinaba. Y cuando tuvo la oportunidad de asegurarse un arma, no dudó en tomarla. Porque eso era Daenyra pa...
