Antes de los Targaryen y sus dragones, el Norte era un reino orgulloso.
Vivían en la armonía de un clima cruento y costumbres inquebrantables. No temían al frío ¿Cómo podían? Se decía que los grandes señores envolvían a sus bebés a las pocas horas de nacidos en pieles más gruesas y los llevaban consigo a una cabalgata de mediodía.
Para aumentar su resistencia, decían. Para acostumbrarlos al resto de sus vidas.
Entre ellos repudiaban al Sur. Sus reinos de rosas, oro y arena. Jamás un norteño accedería a un matrimonio con un Lord o Lady que no portara el apellido de una de las conocidas casas de los suyos. Allí abajo sólo hay debilidad o ¿Acaso viste a una rosa florecer en la nieve? ¿Acaso la arena no se la lleva la ventisca más allá del Muro? ¿Y para qué deseas oro, si cuando el invierno llegue, este valdrá tan poco como una rama quebrada en el camino?
Se casaban unos con otros. Se reproducían unos con otros.
Todo para mantener su inigualable poder.
El Norte no encontraba fuerza en el fuego. No porque no conocieran su valor, sino porque desde el día en que sus madres los habían alumbrado, sólo conocían el frío. Las probabilidades de morir de hipotermia eran al menos un mil por ciento mayores a las de morir quemado.
Por eso se vieron motivados a domar la helada, no el hervor.
Dominar el caminar en medio de una sudestada, el no resbalar en superficies congeladas, el cazar cuando podían cuando el clima los favorecía, porque el invierno siempre volvería. El invierno siempre llegaba.
Cuando Aegon el Conquistador fue al encuentro con Stark ciento veinte años atrás, se encontró con ese panorama: Centenares de miles de hombres dispuestos a morir por las llamas de Balerion, pero no a vivir esclavos de la monarquía de un sureño que no sabría aguantar ni una semana en su territorio. En ese entonces, cuentan las leyendas, aquel hombre de ojos púrpuras y dragón desproporcional, sintió un enorme respeto hacia sus oponentes.
Entre las líneas norteñas, este día, volvía a escucharse aquel nombre. Sólo que esta vez, aseguraban que si ese sureño estuviera hoy frente a las puertas de Winterfell, seguramente no sólo sentiría admiración por sus oponentes.
También miedo.
Centenares de miles se escondían a las afueras de Winterfell, esperando que un hombre con bandera equivocada apareciera para teñir la nieve blanca a sus pies de carmín. Dentro de la fortaleza, había al menos cincuenta mil más: los mejores de todos ellos. Leales. Obedientes. Entrenados. Dispuestos a suspirar su último aliento en batalla por asesinar a todos aquellos que se atrevieron a marchar sobre su territorio.
Sin embargo, había una gran diferencia entre las defensas que esperaban ahora a los invasores que a las que recibieron a Aegon, en el 0 D.C.
Esa tarde, quien fuera a llegar no sólo encontraría lobos aullando y soldados hambrientos de una catarsis violenta.
También encontraría ocho dragones adultos. Con fauces gigantescas, una fila de dientes afilados y un inquebrantable sentido de la protección hacia sus jinetes. Quienes, además, presentaban una amenaza gigante ante sus enemigos incluso sin estar sobre el lomo de sus bestias.
"Deberíamos haber visto algo hasta ahora. Permíteme volver a intentar-"
"Mi respuesta sigue siendo la misma que hace unos diez minutos, mi Lady".
Dany jugaba con la punta sin filo de su flecha, sentada en la piedra congelada de las murallas de Winterfell. Contaba por onceava vez la cantidad de líneas azules que adornaban el final de esta.
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𝗧𝗥𝗘𝗦 𝗖𝗢𝗥𝗢𝗡𝗔𝗦 || 𝘑𝘢𝘤𝘢𝘦𝘳𝘺𝘴 𝘝𝘦𝘭𝘢𝘳𝘺𝘰𝘯
Fanfiction❝ No le temo a quemarme, hermano. Yo soy un dragón. Estoy hecha de fuego.❞ Rhaenyra podía oler el llanto y las cenizas de la guerra que se avecinaba. Y cuando tuvo la oportunidad de asegurarse un arma, no dudó en tomarla. Porque eso era Daenyra pa...
