Capítulo 91 - Nadie fue.

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Helaena nunca sintió asco por el barro.

Desde pequeña, fascinación era lo único que la tierra mojada podía hacerla sentir. No sólo por lo moldeablemente gracioso de su textura, sino porque lo que significaba cuando desapareciera.

Vida.

De este surgirían las flores que alimentarían con su polen a las más adorables abejas. De este nacería un césped tan verde como las que portaba en las argollas que frecuentaba usar su madre.

Apenas contaba con cinco años cuando entendió de la importancia de este, y desde entonces, había dejado de verlo como algo desagradable o indeseable - como su Septa le había enseñado-. Ahora, el barro era paz.

Paz de haber pasado lo peor y de estar por venir lo mejor.

Quizá por eso fue que, cuando sus sueños se volvieron tan intensos como sangrientos, cuando despertaba sin saber si lo que la rodeaba era real o una ilusión, corría al jardín. Al barro.

Lo peor ya pasó, se diría en un murmullo tembloroso.

Ya pasó.

Estás bien.

No es un sueño. Ya pasó.

Estás bien.

Helaena no podía entender, entonces, cuándo había sido que el barro había dejado de significar paz.

Cuando comenzó a significar sangre, violencia, soledad.

Cuando se volvió sinónimo de la agobiante angustia de una inminente soledad.

Porque en verdad, eso era lo único que sentía cuando se paraba descalza frente a su hermana de no-sangre en aquel túnel que conectaba la pequeña habitación en la cual Dany había elegido sus armas - las cuales dispondrían en el centro de la arena de combate- y el coliseo.

Angustia.

Miedo.

Soledad.

Porque si Dany moría, ella estaría sola. Completamente sola.

No habría quien la creyera cuerda, no habría quien la defendiera de la violencia carnal de sus hermanos y madre.

Sólo sería ella.

Y... no apreciaba tanto su vida como para luchar contra ello.

Helaena Targaryen nunca fue una luchadora. 

"Hel." Era como si la voz de Dany la hubiera sacado de un trance.

De pronto fue consciente sus pies desnudos sobre ello barro frío, y de lo liviano del vestido que portaba. Su pelo enredado y al viento permitía que algunos delgados mechones cruzar por su cara, molestándole la vista y causándole picazón en la mejilla.

Sobre todo, sintió sus lágrimas. Y el enorme nudo en la garganta que le había impedido hablar hasta el momento.

"Estaré bien, hermana" le susurró Daenyra con el mismo tono gentil que la había oído usar desde que eran pequeñas. "Debes confiar en mí y dejarme ir."

Pero Helaena no quería apartar su mano del antebrazo de la reina roja. Su agarre no era fuerte, si así lo quisiera la mujer Velaryon, de un preciso movimiento podría soltarse y partir hacia la arena sin mirar atrás.

𝗧𝗥𝗘𝗦 𝗖𝗢𝗥𝗢𝗡𝗔𝗦 || 𝘑𝘢𝘤𝘢𝘦𝘳𝘺𝘴 𝘝𝘦𝘭𝘢𝘳𝘺𝘰𝘯Donde viven las historias. Descúbrelo ahora