Capitulo 4: Modales

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-¡Agh! -gritó girando sobre sí mismo y alzando su espada para atacar a su contrincante. Se apartó cuando fue atacado e hizo una seña para que el entrenamiento terminara. Se acerco a la cubeta de agua y se enjuago la cara, dejando la espada a su lado.

-¿Tampoco has dormido esta noche? -Mirna se paró a su lado extendiendo los brazos hacia él.

-Sabes que no -se encogió de hombros, miró con el ceño fruncido las telas que la mujer le estaba mostrando-¿Que es?

-El vestido -y ella soltó las telas rasgadas, que se deslizaron al suelo -Las lanzó esta mañana por la ventana.

-Parece que no le gusto el color -Kurgan sonrió divertido -¿Ha comido?

-No -ella sonrió -Dice que te puedes meter la comida por...

-¿Por dónde me mando meter la cadena, el vestido y el baño? -alzó una ceja y sonrió.

-¿Vas a tenerla encerrada todo el tiempo? -suspiró viendo como él se encogía de hombros mientras secaba su rostro con la toalla. -Deberías subir a verla.

-¿Por? -apartó la toalla, mirandola con el ceño fruncido.

-Tu sube -y ella se giró y se marcho caminando tranquilamente.

Se quedó unos segundos allí, consciente de que sus hombres estaban pendientes de él y lo habían estado de la conversación que había tenido con Mirna. Finalmente dejo la toalla a un lado de la cubeta y caminó hacia la casa.

Cuando llegó ante la puerta de la habitación en la que estaba ella, inspiró aire y sonrió con diversión. Abrió la puerta despacio y la sonrisa se borro de su rostro. Sus ojos recorrieron las piernas desnudas, extendidas sobre el colchón, hasta llegar al filo de la toalla, en sus muslos. Tragó saliva, tratando de controlar su respiración.

Ayleen estaba recostada en la cama, desnuda, solo con la toalla envuelta alrededor de su cuerpo. Su piel brillaba bañada por el sol, su pecho se movía suavemente ante su respiración, su pelo estaba extendido sobre la toalla.

Entró despacio, tratando de no hacer ruido, cerrando despacio tras él. Caminó con sigilo mirando la habitación y se quedo parado en el centro, mirando hacia la chimenea. Había atado una sabana rasgada de un quinqué a otro, y en esta había colgado sus ropas, delante de la chimenea. Para secarlas. No pudo evitar sonreír, negando con la cabeza.

Volvió a mirarla, a mirar sus pies, sus pequeños tobillos, sus delicadas piernas, sus bonitos muslos. Como un idiota inmotivado estaba caminando hacia ella y se dio cuenta tarde, del tremendo error que había cometido.

El pie de ella se movió con rapidez, dándole una patada en una parte bastante sensible de su anatomía y rápidamente se había incorporado, llevando la almohada con ella y le había golpeado con la misma en la cara, tumbándole en la cama.

Movió las manos aun gimiendo por el dolor que recorrió su cuerpo ante la patada y se incorporo, ignorando el palpitar entre sus piernas para ver como ella abría la puerta y aparecía Lean. Y sin dudar, Ayleen alzo el brazo y le dio un puñetazo, lanzándole hacia atrás.

-¡Mira lo que hace la simple mujer! -gritó al tiempo que pasaba sobre él, sintió la mano sujetando su tobillo y miró al suelo, viendo al guerrero con la mano en el ojo y la otra sujetando su pie -¡¿No has tenido bastante?! -y le dio una patada en la nariz.

-¡Ayleen! -Kurgan llegó a la puerta y salto hacia ella sin importarle pisar a Lean que gimió al sentir el pisotón en su estomago -¡¿Donde crees que vas?! -la agarro con fuerza, moviendo la cabeza hacia atrás, esquivando la cabeza de ella cuando intento golpearlo.

Los Hijos de Las Highlands.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora