Capitulo 8: Me encantan

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Silencio.

El maldito silenció seguía inundando la habitación.

Y Kurgan MacCarty permanecía allí, de pie, ante la cama, sin dejar de mirarla, con la mandíbula apretada y la clara desesperación reflejada en sus ojos.

No Ayleen no le había dirigido la palabra. Ni siquiera cuando le dijo que había encontrado nuevos vestidos para sustituir los que al parecer habían sufrido un pequeño accidente.

Ella no le había mirado.

Estaba sentada, con las rodillas contra su pecho, su cabeza apoyada en el cabecero y su rostro girado hacia la chimenea, como si fuera lo más interesante de la habitación. Más interesante que él.

-Mocosa -volvió a increparla y al ver que no respondía suspiró bruscamente -¿No te aburres aquí encerrada? -la miró unos segundos más, ella ni parpadeo, ni le miró de reojo, ni siquiera hubo una leve mueca en su rostro, alguna señal de que le escuchaba. Apretando los dientes con fuerza, se giró y salió de la habitación dando un portazo.

Y el rostro de ella se giró rápidamente hacia la puerta, mirandola, sus ojos entrecerrándose su boca haciendo una mueca, con los dientes apretados.

Y Ayleen MacClain tomo un cojín de la cama y lo apretó contra su rostro mientras gritaba con rabia, intentando que nadie la escuchara. Y cuando aparto el cojín, lo lanzó con fuerza contra la puerta.

La consumía, la necesidad de gritarle, de saltar sobre él, de insultarle. Necesitaba de todo su autocontrol para no romperse, para dejar de ignorarle. Y cada vez podía contenerse menos.



Kurgan MacCarty recorrió el pasillo, con los puños apretados hasta llegar a las escaleras, donde Lean lo esperaba, evitando mirarlo.

-¡Vigílala! -gritó pasando a su lado y bajo varios escalones hasta que alzo el rostro al frente, para ver como Irvin lo observaba con el ceño fruncido. -¡¿Qué?!

-¿Estas bien? -Irvin siguió observando cómo bajaba los escalones.

-Perfectamente, estoy perfectamente -pasó ante él, entrando la sala y atravesándola hasta llegar al despachó, abriendo la puerta bruscamente y dirigiéndose hacia la botella, sirviendo en un vaso y bebiendo bruscamente -Estoy perfectamente -volvió a rellenar el vaso y lo apretó en su mano -Pero esa maldita cabezota no me dirige la palabra -se giró hacia su amigó que estaba parado en la puerta observándole sorprendido -¡A mí! ¡A Kurgan MacCarty! ¡Al Laird MacGabe! ¡Se niega a dirigirme la palabra!

-¿Y eso te molesta por? -Irvin entró al despacho con su característica tranquilidad, observándole.

-¡Porque soy el Laird! ¡Porque esta aquí! ¡Porque....! -Kurgan se movía nervioso por la sala.

-Porque quieres que te hable, que te mire -y cuando Irvin le interrumpió, ambos se miraron por unos segundos -¿Has probado a decirle que necesitas que lo haga?

-¡No necesito que me hable! -Kurgan volvió a beber de un tragó el contenido de su vaso y lo soltó bruscamente en la mesa.

-Claro que lo necesitas, necesitas que te hable, necesitas que te mire, necesitas tenerla a tu lado -e Irvin negó con la cabeza -Desde que te conozco, desde que tomaste tu sitio como Laird de estas tierras, he visto como cada noche buscas quemar tus energías entrenando, peleando con tus hombres, te he encontrado muchas veces mirando ese dibujo, he ido a preguntar a tu hermano cuando, como, donde, sería el momento de encontrarla. -se acercó a la mesa, sentándose en la silla frente a ella -Maldita sea, cada semana desaparecías un día y te ibas a las tierras MacClain, a espiarla. La necesitas.

Los Hijos de Las Highlands.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora