Capítulo 24

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Poncho estaba mirando al suelo, con sus codos en sus piernas, estas abiertas y las manos sin apoyo. Levantó la mirada y Silvia estaba con una carita muy entristecida. Se levantó y se acercó a ellas lentamente.

Poncho: ¿Qué hacen aquí, mamá?
Viviana: Tu sobrina tiene algo importante que decirte.
Poncho –agachándose-: ¿Qué te pasa, mi amor?
Silvia -abrazó a Poncho llorando-: Quiero hablar con Anahí, papá...
Poncho: Ahorita no se puede, chiquita, le están haciendo unas pruebas, pero ¿qué te pasa? ¿Por qué lloras? Ven –la carga-... Cuéntame. Con permiso.

Se separó de los padres de Anahí, y Silvia le contó todo. Luego, mientras Poncho la consolaba, se acercó el doctor. Les avisó a los padres que Any estaba dormida bajo los efectos de la anestesia que le pusieron, ya que estaba muy nerviosa y no quería hacerse las pruebas. En el momento en el que Edurne le dijo que si podían pasar a verla, Poncho ya estaba con ellos.

Dtr: Pueden pasar a verla de dos en dos como máximo. No es por el estado de salud de ella, sino por las normas del hospital.
Silvia: Yo quiero entrar, yo quiero entrar, yo quiero entrar -repitió entusiasmada-.
Dtr: Me temo que tú no puedes pasar. No puedo permitir que los niños pasen a ver a los hospitalizados.
Silvia: ¡Pero tengo que hablar con ella! –triste-.
Dtr: No puedes pasar, chiquita -todo lo amable que pudo, pero los niños no eran su debilidad-. Además, está dormida. ¿Es tu mamá?
Silvia: No, pero como si lo fuera. ¡Papá! ¡Yo quiero entrar!
Poncho: Silvia, mejor que pasen sus papás primero, ¿no? Tú quédate aquí con la abuela, yo voy a hablar con el doctor.

Los padres de Any pasaron al cuarto, pero no se despertaba y salieron para que Poncho y Silvia entraran, sin que nadie se diera cuenta de que entró ella. La niña se acercó, pero Poncho se quedó en la puerta, mirando a Any. Aunque físicamente no tenía nada, la impactó verla allí. Nunca le gustaron los hospitales.

Silvia: Papá, ¿por qué no te acercas?

Silvia le decía papá a Poncho cuando le apetecía o cuando estaba muy triste, como era el caso. Poncho se acercó con el corazón encogido.

Silvia: Papá, me estoy haciendo pipí.
Poncho: Entra en el baño, princesa. Está ahí –señalando-.
Silvia: No te vayas, ¿eh?
Poncho -le sonríe-: No me iré.

Silvia entró en el baño y Poncho se quedó al lado de la cama, mirando a Any.
Sus ojos demostraban ternura, tristeza, arrepentimiento, dolor... Durante unas milésimas de segundos dudó en tocarla o no, pero después le acarició la carita con su mano, deslizando su dedo pulgar con mucha suavidad.


Poncho: Lo siento -dijo mientras se le derramó una lágrima que pudo secar rápidamente-. Siento tanto cómo te traté... No entiendo por qué fue así, no sé de donde me salieron esos gritos ni ese coraje... No me separes de ti, por favor... No lo hagas... -le susurró, y se quedó rozándole los labios, cerró los ojos y juntó su boca a la de Any-.

Silvia salió del baño y Poncho se separó rápidamente de Any, que aún seguía dormida.

Silvia: ¿Está muerta?
Poncho: ¡¡No!! No, princesa, ni Dios lo quiera. Está dormidita.
Silvia: ¿Y cuándo se va a despertar?
Poncho: No sé. Ojalá que pronto -mirando a Any-. Silvia, voy a ir a por un café, ¿sí? No te muevas de aquí, ¿ok? Recuerda que no podías entrar. No quiero que nadie se dé cuenta de que nos saltamos las normas.

Silvia acercó la silla que estaba a los pies de la cama y subiéndose en esta, se subió a la cama, de rodillas, aprovechando que Anahí era chiquita y no ocupaba todo el espacio.

Silvia: Anahí... No quiero que te mueras... Tú eres mi mamá de mentiras y si tú te mueres ya no voy a tener ninguna mamá... ¿Sabes? Viniendo para acá con mi abuela le pedí a Diosito que no te llevara aún con él, que me dejara disfrutar un poquito de tu compañía... Pero no sé si después de esto vas a querer ser mi amiga, porque yo tengo la culpa de que estés así...

Poncho ya estaba abriendo la puerta, cuando lo llamó el padre de Anahí, en ese momento se fue con él y Any abrió los ojos, viendo a Silvia ahí.

Any: ¿Silvia? ¿Qué estás haciendo aquí?

Silvia la miró seria, triste y melancólica, y sólo pudo decirle "perdón".

Any: ¿Perdón por qué, mi amor? No tengo nada que perdonarte, preciosa.
Silvia: Es que por mi culpa tú estás aquí. Siempre me dijeron que no me saliera sola de la casa y mucho menos sin permiso... Y casi me atropella ese auto, pero tú me empujaste y te dio a ti.
Any: No te preocupes, chiquita, yo estoy bien. Pero, ¿por qué te saliste de la casa? –Le preguntó acariándole la carita-.
Silvia: Es que... Escuché los gritos tuyos y de mi tío y bajé... Y estaban peleando, y me asusté mucho, porque mi tío jamás gritó de esa manera. Solo Domínica le gritaba, pero él se callaba... Y entonces me asusté mucho y me salí de la casa.
Any: ¿Y a dónde ibas?

Silvia se encogió de hombros. Any, tratando de no dar importancia a un dolor en el vientre, le extendió los brazos para que se acercara y la abrazara, y Silvia se puso a su lado.

Silvia: ¿No estás enojada?
Any: No. Tú no tienes la culpa de nada de lo que pase entre tu tío y yo. Pero si te pido, Silvia, por favor, no te salgas más solita de la casa, ¿sí? Tu tío te habrá dicho, pero, México es un país muy peligroso, mi vida, y te puede pasar cualquier cosa en la calle si vas solita. Imagínate que te secuestran... No sólo tu tío se moriría por saber en dónde estás, también tus abuelitos, y también yo. ¿Me prometes que no lo harás nunca más? -Dio un suspiro de dolor, poniéndose la mano en el vientre-.
Silvia: Te lo prometo. ¿Estás bien?
Any -le sonríe-: Si. ¿Quién está fuera?
Silvia: Están tus papás, mi abuela y mi tío.
Any: ¿Me haces un favor? ¿Puedes decirle a mi papá que entre?

Silvia aceptó y salió de la habitación después de darle un beso a Any. Se acercó a donde estaban Enrique y Poncho hablando de lo que dijo el doctor, y le dijo a Enrique que entrara, pero él mismo decidió que entrara Poncho. Según él, no era el mejor momento de que hablaran, pero debían hacerlo.

Enrique: No, pequeña, ven. Deja que tu padre lo haga solo.
Silvia: Pero...
Poncho: Silvia, hazle caso a Don Enrique. Espérame aquí con él, ¿ok? No me tardo.

Poncho al abrir la puerta se dio cuenta que Any no estaba en la cama, y antes de llamar a la puerta del baño, pegó la oreja a ésta, y la escuchó llorar.

Poncho: Any, ¿qué te pasa? ¿Qué tienes?
Any: ¿Alfonso? –Poncho abrió la puerta inmediatamente-. ¡¡Lárgate, idiota!! ¡Vete de aquí! No quiero verte...
Poncho: Pero Any, dime qué te pasa.
Any: No te importa. ¡Lárgate te digo! ¿Qué no entiendes? -Se quejaba de dolores en el vientre y Poncho se dio cuenta que tenía la bata manchada de sangre-.
Poncho: A... Anahí, ¿qué...? No... No puede ser...
Any: ¡¡Alfonso!! Por tu culpa pasó todo esto, ¿me oyes? Toda la culpa es tuya. ¡¡Vete!! Vete, por favor...
Poncho: Pero no estás bien...
Any: ¡¡Estoy muy bien, Poncho!! ¡¡Que te salgas!! –Le gritaba mientras trataba de ponerse de pie-. De ti no quiero nada. Te odio, ¿puedes entender eso?
Poncho: ¡¡NO!! -subió la voz-. Perdón... Perdóname, yo no quería que esto pasara –llorando-.

Any se puso muy pálida en cosa de unos segundos en cuanto ya estuvo en pie, desmayándose en los brazos de Poncho antes de que pudiera gesticular alguna palabra de la frase "llama a un doctor". Poncho por suerte la cogió en sus brazos y la llevó a la cama, saliendo disparado de allí para avisarle al doctor.

Dtr –después de atenderla-: Por suerte no es nada grave... Fue nada más una bajada de tensión, mezclado con los nervios. Por lo que a la sangre respecta, no sé a qué se debe, pero en cuanto esté un poco mejor y más recuperada pasaremos a hacerle ecografías. Es muy extraño, porque ya le hicimos ecografías y no perdió al bebé. Pero puede que esto lo convierta en un embarazo de alto riesgo. ¿Usted es el padre del bebé?

Poncho iba a responder que no, que él solo era un amigo, pero Enrique se le adelantó diciendo que si.

Pasión y Amor van UnidosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora