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Camila Hastings

Limpié mi rostro, pero las lágrimas volvieron a salir en ese mismo instante. Miré de reojo el pantalón que había intentado ponerme, pero solo me hizo llorar con más fuerza.

Me sentía enorme, que todo me quedaba mal.

Unos golpes suaves en la puerta me sacaron de mis pensamientos.

- ¿Amor? - escuché la voz de Natanael - ¿Estás bien ahí?

Tragué saliva, limpiando mis mejillas rápido, aunque sabía que mis ojos enrojecidos me iban a delatar en cuanto entrara.

- Si... - respondí bajito, pero mi voz sonó quebrada.

La puerta se abrió despacio y ahí estaba él, mirándome con el ceño fruncido. Caminó hasta mí sin decir nada y se arrodilló frente al sillón, buscando mis ojos.

- Camila... - murmuró despacio - ¿qué pasa, chula?

Me mordí el labio, intentando contener otro sollozo, pero apenas lo miré tan cerca, con esa expresión de preocupación genuina, las lágrimas volvieron a brotar.

- Es que... - mi voz se rompió - mírame, Natanael... estoy enorme, nada me queda... me siento horrible.

Él frunció más el ceño, negando con la cabeza como si mis palabras fueran lo más absurdo que hubiera escuchado.

- No vuelvas a decir eso - dijo con seriedad, pero su tono seguía suave - tú eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida, Camila. Y no es por lo que llevas puesto, ni por cómo te ves... es porque eres tú.

Me cubrí el rostro con las manos, avergonzada por estar llorando así. Sentí sus dedos apartándolas con paciencia hasta que logré verlo de nuevo.

- Pero estoy gorda... - susurré, la vergüenza pesándome en el pecho.

Él soltó una risa corta, llena de ternura, y llevó una de mis manos a su boca, besándola.

- No, chula. Estás embarazada. Tienes a nuestros bebecitos aquí - acarició mi vientre con cuidado - ¿sabes lo increíble que es eso?

Mi garganta se apretó, entre la emoción y las ganas de seguir discutiendo, pero su mirada no me dejó. Era imposible no creerle cuando me veía así, como si yo fuera todo para él.

- No vuelvas a decir que estás gorda, Camila - añadió dejando otro beso en mis nudillos - gorda me la pones nomás.

Solté una risa entrecortada, limpiando mis lágrimas mientras negaba con la cabeza.

- Qué tonto eres - murmuré, aunque sentí que un poco de la pesadez en mi pecho se disipaba.

- Tonta tu - replicó rápido, con una sonrisa, inclinándose para besarme la nariz - no vuelvas a decir que estás gorda, ¿me oíste?

Asentí apenas, aunque las lágrimas seguían cayendo. Él aprovechó para abrazarme, apretándome contra su pecho con ese calor que siempre me calma.

- Te amo, Millie - susurró contra mi cabello - eres hermosa... y te lo voy a repetir las veces que hagan falta hasta que te lo creas.

Me quedé en silencio unos segundos, sintiéndome más tranquila entre sus brazos.

- Yo también te amo, Nat - dije bajito, cerrando los ojos - perdón por ponerme así...

- No pidas perdón - me interrumpió enseguida, apretándome un poco más - aquí estoy, chula. No te preocupes.

Sonreí apenas, apoyando la cabeza contra su pecho y dejando que mis manos se aferraran a su camiseta.

Estrellas | Natanael Cano  Donde viven las historias. Descúbrelo ahora