LXXXIX

888 99 3
                                        


Camila Hastings

- Ten, amor - dijo al subirse al auto, extendiéndome un suero - tómatelo de una vez.

Rodé los ojos con suavidad, aunque no pude evitar sonreír al verlo tan preparado. Tomé el suero sin protestar y le di un par de tragos, notando cómo me observaba de reojo mientras encendía el motor.

- También te compré dulces - dijo manteniendo su vista al frente - ahí están en la bolsita.

- Gracias, amor - murmuré, estirando una mano para tomar la suya.

- Ahí va a andar Edith también - añadió después de un momento - para que te la pases poquito mejor.

Sonreí apenas mientras mis dedos seguían entrelazados con los suyos. Sabía que estaba haciendo un esfuerzo por hacerme sentir más cómoda, y eso lo valoraba muchísimo.

- Está bien... - dije al cabo de unos segundos - chismearé con ella entonces.

El sonrió de lado, apretando un poco mi mano mientras seguía manejando.

- Te ves tan bonita cuando haces cosas que odias por mí.

- Y tú te ves tan guapo cuando no te matas en la moto - contesté al instante, haciéndolo soltar una risa.

- Ya, no empieces - dijo divertido, dándome un pequeño empujón con el hombro.

- ¿Qué? Solo digo la verdad.

- Prometo tener cuidado, ¿si? - agregó con un tono más suave, dándome una mirada rápida antes de volver la vista al camino.

- Y yo prometo no enojarme si terminas lleno de tierra - dije en voz baja, haciendo que volviera a reír.

- Eso no te lo creo, mi amor - respondió entre risas - te conozco... no me vas a querer ni tocar.

Me crucé de brazos con fingida indignación, aunque la sonrisa en mis labios me delataba.

- ¡Qué mentiroso eres! Yo siempre te toco... aunque andes todo asqueroso.

El soltó una carcajada, girando apenas el rostro para mirarme de reojo.

- ¿Ah, sí? ¿Entonces no me vas a decir nada cuando me suba todo empolvado al carro?

Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia.

- Es tuyo, no mío.

El soltó una risa baja, negando con la cabeza.

Cuando finalmente llegamos, el ruido, el olor a tierra y el calor me golpearon apenas puse un pie fuera del auto. Fruncí la nariz de forma automática y Natanael soltó una carcajada, tomando mi mano para comenzar a caminar.

- Eres tan exagerada, Millie - murmuró con diversión, dejando un beso rápido en mi mejilla.

- No fue intencional - admití entre risas - lo juro.

- Ajá... - respondió con sarcasmo, pero sin borrar la sonrisa de su rostro.

Caminamos unos metros, saludando a personas que encontrábamos a nuestro paso.

- Ahí está Edith - dijo señalando con la barbilla hacia la carpa.

Asentí, deteniéndome frente a el.

- Te tomas el suero, ¿si? - añadió, dejando un beso en mi frente.

- Si... cuídate, por favor - murmuré, sin poder evitar que mi voz sonara un poquito más dura de lo que pretendía.

Estrellas | Natanael Cano  Donde viven las historias. Descúbrelo ahora