LXXIV

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Camila Hastings

- Hola, Cami - dijo Lucia del otro lado de la línea - ¿qué pasó?

Revisé por debajo de las puertas para asegurarme de que no hubiera nadie, y me recargué en la barra, soltando un suspiro.

- Wey, una pinche morra... - comencé, sintiendo el coraje invadirme.

- ¡No mames! - soltó ella, una vez que terminé de contarle todo - ¡hija de la verga!

- ¡Ya sé!

- Que bueno que no pude ir - respondió ella con enojo - porque ya me hubiera desgreñado a la vieja esa y al baboso de tu novio.

Solté una risa baja, aunque la frustración no salía de mi.

- No le digas así, el se portó bien.

- ¿Y entonces? - preguntó, y la pude imaginar arqueando una ceja - porque suenas a que estás enojada con el también.

- No sé, wey... - suspiré, mirando el suelo sin saber explicarme - es que...

La puerta se abrió de golpe, haciéndome pegar un brinquito asustada.

- ¿Camila? - la voz grave de Natanael me hizo girar de inmediato.

- Te hablo luego - murmuré al teléfono antes de guardarlo en mi bolsillo - Rubén, no puedes estar aquí.

El cerró la puerta tras de sí, claramente ignorando el hecho de que estaba en el baño de mujeres.

- Me vale madres - respondió avanzando hacia mi, con la mandíbula apretada - ¿estás bien?

Asentí levemente mientras el se detenía frente a mi.

- Vámonos, chula.

Lo miré a los ojos, todavía con el corazón acelerado, y sentí cómo una mezcla de alivio y cansancio se instalaba en mí.

El tomó mi mano con cautela, y al ver que no me alejaba, entrelazó nuestros dedos, guiándome hacia la puerta.

Mientras caminábamos hacia la salida del antro, sentí su cuerpo pegado al mío, su presencia firme y protectora.

Al subir a la camioneta, me abrazó por los hombros.

- Nada ni nadie va a interferir entre nosotros, Cami, te lo prometo - susurró dejando un beso en mi cabeza.

Cerré los ojos, recargando la cabeza en su hombro.

- Habla conmigo, amor - pidió en voz baja, acariciando mi brazo - por favor, Cami.

- Estoy cansada, Nata - murmuré sin abrir los ojos.

El soltó un suspiro, pero no insistió, solo me abrazó más fuerte.

- Te amo, mi amor - dijo después de un momento, dejando otro beso en la cima de mi cabeza - no te imaginas cuánto.

El resto del camino fue en silencio, y únicamente me soltó hasta que llegamos a su habitación. Me alistaba para dormir en automático mientras sentía su mirada llena de preocupación fija en mí.

- Camila... - me llamó sentándose en el borde de la cama, apoyando su mano en mi pierna - habla conmigo, amor.

- Estoy cansada, Nat - repetí acomodándome en la cama.

El guardó silencio por un momento, mirándome con los labios apretados. Luego, se acostó a mi lado, abrazándome con fuerza.

- No quiero que estés así, Cami - murmuró contra mi hombro - triste o enojada conmigo.

Estrellas | Natanael Cano  Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora