LXIV

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Camila Hastings

- ¿Están tus papás? - murmuró sobre mis labios.

Negué, sintiendo cómo baja sus besos a mi cuello y sus manos se colaban por mi sudadera.

- Y Claudia ya se fue - agregó, levantando la cabeza con una sonrisa ladeada.

- ¿Qué? - pregunté con una pequeña risa - ¿ahora si quieres?

El rio por lo bajo, asintiendo con la cabeza sin pensarlo dos veces.

- Yo siempre quiero... ¿tu no?

Fingí pensar mi respuesta, pero el ya estaba quitando mi sudadera.

De inmediato, sus manos fueron a mis pechos, comenzando a masajearlos por encima de la blusa.

- ¿Sabes que me gusta un chingo de cuando estás enojada?

- ¿Qué cosa, Nat? - dije en un suspiro mientras el comenzaba a dejar pequeños besos sobre la parte que sobresalía de la blusa. 

- Que me mientas la madre bien bonito - respondió comenzando a bajar los tirantes hasta dejar al descubierto mis pechos.

Reí sin poder evitarlo mientras el enterraba su rostro en mis pechos, haciéndome soltar pequeños gemidos.

Tomé los bordes de su camiseta, y el se separó un poco para terminar de quitarla.

Terminó de desvestirnos, asegurándose de que ninguna parte de mi cuerpo quedara sin ser besada, y se acomodó sobre mi de nuevo, mientras sus dedos hacían un recorrido desde mi abdomen hasta mi intimidad.

Apreté los labios, ahogando un gemido cuando comenzó a estimularme.

- No, amor - dijo con voz más ronca, haciendo más rápidos sus movimientos - quiero escucharte.

No pude reprimir más mis gemidos cuando introdujo sus dedos en mi. El sonrió de lado, mirándome fijamente mientras seguía dándome placer.

- Extrañé tanto verte así, Camila - murmuró, hundiendo su rostro en mi cuello, comenzando a depositar calientes besos y pequeñas mordidas.

Yo era incapaz de articular algo, solo enterré mis uñas en sus hombros, buscando algo de qué sostenerme.

- ¿Dónde están los condones, amor? - preguntó separándose ligeramente.

- Donde siempre - contesté con la respiración agitada.

El dejó un corto beso en mis labios antes de levantarse e ir hacia el buró, comenzando a rebuscar en el cajón.

Mordí mi labio cuando se giró de nuevo, y antes de que avanzara, fui hacia el.

Su rostro se iluminó cuando me arrodillé frente a el, y sus manos inmediatamente fueron a mi cabello mientras que las mías iban a su miembro.

Comencé a masajearlo, haciéndolo jadear y tensarse bajo mi tacto. Aceleré mis movimientos subiendo la mirada hasta encontrar sus ojos, que estaban oscuros y atentos a mi.

- Cami... - suspiró entrecortadamente - no me tortures así.

- ¿Así como, papi? - pregunté con fingida inocencia antes introducir solo la punta a mi boca.

- Verga... - gruñó, haciendo más firme su agarre en mi cabello - toda, amor. 

Le hice caso, comenzando a darle placer mientras sus manos guiaban mis movimientos y el soltaba suspiros y maldiciones.

Estrellas | Natanael Cano  Donde viven las historias. Descúbrelo ahora