XCIV

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Camila Hastings

- ¿Quieres otra cosa, amor? - preguntó señalando mi plato.

Negué apenas, viendo mi plato todavía medio lleno.

- ¿No te gustó? - insistió, inclinándose para que lo mirara - ¿pido que te hagan otra cosa? ¿Quieres que te vaya a comprar algo?

- No, Nat - respondí soltando un suspiro - no es eso, es que... quiero café.

El quiso reír, puedo jurar que si, pero lo disimuló rápidamente, poniendo el vaso frente a mi.

- Pero el juguito está rico, mi amor.

- Sí, está bueno - dije, tomando el vaso con cierta resignación - pero no es lo mismo.

El me miró con una sonrisa divertida, acariciando mi mano suavemente.

- Paciencia, princesa - susurró - pronto vas a poder volver a tomar todo el café que quieras.

- Como tu si puedes - murmuré con fastidio antes de darle un trago - pinche presumido.

El soltó una carcajada, inclinándose para darme un beso en la mejilla.

- Pero a mi ni me gusta el café.

Rodé los ojos, dando otro bocado con fastidio.

- Es lo peor, tu si puedes y no tomas.

El sonrió de lado, encogiéndose de hombros.

- Entonces está mejor, ¿no? Así no te antojo.

Arrugué la nariz, masticando lento.

- No sé, solo sé que quiero café.

El se rio bajito, acariciando mi pierna por debajo de la mesa.

- Pero es por nuestro bebé, chula.

Suspiré, bajando la mirada a mi plato.

La doctora había dicho que por una taza de vez en cuando no pasaba nada, pero después de estar tanto tiempo intentando tener un bebé, no queríamos arriesgarnos ni un poco.

- Lo sé... pero eso no hace que se me quite el antojo - murmuré con un tono casi infantil.

Él sonrió con ternura y me dio un beso rápido en la sien.

- Te prometo que cuando nazca, te llevo a la todas las cafeterías del mundo y te compro todos los cafés que quieras.

Alcé una ceja, apenas conteniendo una sonrisa.

- ¿Todos, todos?

- Todos, princesa... hasta que digas que ya no quieres.

Solté una risita, apoyando la cabeza en su hombro.

- Está bien... - suspiré - te perdono.

Él sonrió satisfecho, dándome un beso en la frente antes de llevar su mano a mi vientre.

- Gracias, mi vida - murmuró trazando pequeños círculos en mi piel - porque ahuevo es mi culpa que no puedas tomar café.

Solté una carcajada, llevando mi mano a la suya.

- Pues si... mi bebé y yo decimos que es tu culpa.

El alzó ambas cejas con fingida sorpresa.

- Ah, ¿es tu bebé ahora?

Solté una risita, asintiendo con la cabeza.

- Si, es mi bebé - contesté con fingida seriedad.

Estrellas | Natanael Cano  Donde viven las historias. Descúbrelo ahora