LXXI

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Camila Hastings

- ¿Me puedo quedar en tu oficina? - preguntó mientras yo bajaba del auto.

Asentí con suavidad, dejando un beso rápido en sus labios.

- ¿Te sientes mejor?

El negó levemente, haciendo un puchero.

- Quiero fumar.

Me incliné un poco hacia él, acariciando su mejilla con el dorso de mi mano.

- Lo sé, mi amor - susurré - pero...

- Y luego este hijo de su chingada madre - soltó, desviando su mirada.

Fruncí el ceño, mirando en la misma dirección que el.

- Nata, Mario no te está haciendo nada - dije con incredulidad, aguantándome una carcajada.

Natanael soltó un bufido, apretando un poco más la mandíbula.

- Nomás respira cerca de ti y ya me caga - murmuró con los dientes apretados.

Negué con la cabeza, luchando por no soltar una risa.

- Amor... estás celoso de alguien que no me interesa en lo más mínimo.

- No me importa si te interesa o no - replicó enseguida, girándose a verme - a ese wey se le nota todo lo que quiere contigo.

- Y no va a tener nada conmigo, Natanael - contesté con calma.

El bufó de nuevo, y su mirada volvió a desviarse.

Antes de que pudiera decir algo más, me tomó por la nuca, besándome con intensidad.

Me quedé pasmada por un segundo, pero le correspondí el beso, apoyando mi mano en su pecho mientras sentía cómo su otra mano bajaba a mi glúteo.

Reí en medio del beso, dándole un manotazo leve en el pecho.

- No mames, Rubén - dije entre risas, separándome un poco - estamos en el estacionamiento.

- Me vale verga - murmuró con la voz ronca, mirándome con esos ojos oscuros llenos de celos y deseo - quiero que le quede claro que eres mía.

Rodé los ojos con diversión, sintiendo cómo su mano subía a mi espalda baja.

- ¿Ya terminaste de marcar territorio?

- Todavía no - respondió, dejando un beso rápido en la comisura de mis labios.

Negué con la cabeza, divertida, mientras jalaba su mano para ir hacia el edificio.

- Ahorita vengo, ¿si? - dije cuando nos adentramos a mi oficina.

El frunció el ceño, dejándose caer en el sillón.

- ¿A dónde vas?

- Solo tengo que revisar algo sobre unos informes - contesté con naturalidad, tomando la libreta de mi escritorio.

- Con ese pendejo - afirmó, cruzándose de brazos.

Solté una carcajada, dándole un golpe leve con la libreta en el brazo.

- ¿Qué necesidad de decirle así, Natanael?

- Porque es un pendejo - gruñó con los ojos entrecerrados.

Suspiré, buscando paciencia para lidiar con el niño chiquito adicto a la nicotina que tenía como novio.

- ¿Por qué con el? - añadió inclinándose en el sillón - revísalo conmigo, es lo mismo... ¡es mejor!

Estrellas | Natanael Cano  Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora