LXXXIV

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Natanael Cano

Avancé hacia la carpa, quitándome el casco con un movimiento brusco en el proceso. Tenía unas cuántas horas aquí, pero ni eso había ayudado con mi humor.

Le di un gran trago a la botella de agua, pero casi me ahogo al ver una figura familiar de reojo. Me giré, seguro de que el calor ya me estaba haciendo alucinar, pero ahí estaba Camila, sentada en una de las sillas.

Estaba viendo su celular, con Papito abrazado contra su pecho como si fuera un peluche.

Me quedé viéndola sin moverme, sintiendo cómo algo raro me apretaba el pecho.

Ella levantó la vista en ese momento y nuestros ojos se encontraron. Se quedó quieta un segundo, como si no supiera si sonreír o no, pero al final ladeó un poquito la cabeza y me dedicó esa sonrisa chiquita que siempre me terminaba de desarmar.

- ¿Qué haces aquí? - pregunté, mi voz saliendo más baja de lo que pretendía.

Se encogió de hombros, dejando su celular en el porta vasos de la silla.

- Empolvándome, ¿y tu?

No pude evitar soltar una risa baja, negando con la cabeza mientras caminaba hacia ella. Me agaché un poco, apoyando mis manos en los brazos de la silla donde estaba sentada, inclinándome lo suficiente para quedar frente a su cara.

- Te pregunté en serio, Millie - dije con una sonrisita, mirándola directo a los ojos - ¿qué haces aquí?

Ella suspiró, bajando la mirada hacia Papito, acariciándole la cabecita antes de volver a verme.

- Pues vine a verte, Rubén - murmuró, su voz apenas audible con todo el ruido de las motos alrededor - ¿no era eso lo que querías?

Mi sonrisa se amplió inevitablemente.

- Si... - respondí suave, sin quitarle los ojos de encima, mirando su carita seria y cansada por el calor - era lo que quería.

Ella suspiró, bajando la mirada hacia Papito, comenzando a jugar con su orejita.

- ¿Entonces para qué preguntas?

Rodé los ojos con diversión, tomándola por la barbilla mientras me inclinaba hasta besarla lento. Ella suspiró contra mis labios, y cuando me separé, su mirada brillaba como siempre.

- Porque quería escucharte decirlo - murmuré con una pequeña sonrisa, pasando mi pulgar por su mejilla.

Ella frunció el ceño con una falsa expresión de fastidio.

- Gracias por venir, princesa - añadí, inclinándome para darle otro beso corto antes de enderezarme.

- Nomás no te mates - dijo rápido, mirándome seria.

Solté una risa baja, negando con la cabeza antes de girarme hacia la moto.

- No puedo, mija... todavía no te he hecho mi esposa.

Escuché su risita detrás de mí mientras me colocaba de nuevo el casco.

(...)

Camila Hastings

- ¡Rubén, ya deja de reírte! - me quejé golpeándolo con un cojín, aunque terminó siendo apenas un toquecito.

El me miró con diversión, sus hombros aún vibrando por su risa contenida.

- Verga, mi amor... es que hasta un pinche golpe de calor te dio.

Rodé los ojos, hundiéndome más en la cama.

- Cállate que me duele la cabeza.

- Pues claro, Millie - dijo con esa sonrisita burlona que tanto odiaba y amaba al mismo tiempo - ¿quién chingados te manda a estar a las tres de la tarde bajo el solazo nomás para verme?

- Tú - murmuré con un puchero, cubriéndome la cara con el cojín.

Sentí cómo la cama se hundió un poco cuando se acercó, y al siguiente segundo, el cojín desapareció de mi cara. Abrí los ojos y me lo encontré inclinado sobre mí, con su sonrisa suave y esos ojitos brillosos que me derretían entera.

- Gracias por ir, mi amor - susurró, apartándome un mechón de cabello de la frente - neta que... se sintió diferente tenerte ahí.

- Pues si... - bufé, girando mi cara para no mirarlo directamente - casi te quedas sin novia.

Soltó una risita baja antes de inclinarse y dejar un beso suave en mi mejilla.

- Te amo, chula - murmuró contra mi piel.

Suspiré, sintiendo cómo se me deshacía el coraje y el cansancio un poquito.

- Yo también te amo - respondí bajito, cerrando los ojos cuando sentí su mano acariciar mi cabello con calma.

- Ten, toma más suero - dijo con una sonrisa divertida, sosteniendo la botella frente a mi.

Miré el líquido con fastidio, dándole un sorbo con desgana y mientras lo dejaba de nuevo sobre el buró, lo escuché reír.

- ¡Rubén! - solté en un quejido, acomodándome mejor sobre la almohada - ya deja de reírte, cabrón.

Su risa se intensificó mientras se acostaba a mi lado.

- Chula, es que neta estás cabrona - respondió entre risas - tantito saliste al sol y te dio un golpe de calor.

- ¡Por eso nunca estoy en el sol, Natanael!

Él soltó otra carcajada, pegándose más a mí mientras me abrazaba por la cintura, escondiendo su rostro en mi cuello.

- Ay, mi niña tan delicada - murmuró burlón contra mi piel.

Bufé, llevando mi mano a su cabello, aún un poco húmedo por la ducha que tomó al llegar a casa. Sus mechones oscuros se sentían frescos contra mi piel caliente.

- Pues ni que fuera iguana, Rubén.

Sentí su risa contra mi piel mientras dejaba un beso debajo de mi mandíbula.

- ¡Ya deja de reírte, Natanael! - repetí jalando un mechón de su cabello - a mi no me da risa.

Al principio se había preocupado, pero ya que se aseguró que no me iba a morir, no había dejado de reírse de mi poca resistencia al calor.

- Ya, ya... - dijo entre risas, alzando la mirada - si da poquita risa, mi amor.

Rodé los ojos, girándome para darle la espalda y hundir mi cara en la almohada.

- Cabrón - murmuré contra la almohada.

Sentí cómo su brazo rodeaba mi cintura con fuerza, pegándome más a su pecho mientras dejaba un beso suave en mi hombro.

- Me amas - susurró, su voz ronca haciéndome sonreír sin querer - gracias por ir, Millie... en serio.

Suspiré, girándome apenas para quedar de lado y ver su expresión tan tranquila que siempre me enamoraba un poquito más.

- Solo porque te amo - dije en un susurro - pero odié cada segundo que te vi en la moto.

Vi cómo su sonrisa se hacía más chiquita, más suave.

- Lo sé, amor - murmuró, pasando su pulgar por mi mejilla con delicadeza - pero me encantó verte ahí.

Sentí cómo se me apretaba el pecho, y sin poder evitarlo, me acerqué un poquito más, pegando mi frente a la suya.

- Solo... cuídate, Natanael - susurré, cerrando los ojos con fuerza - no me hagas ir a verte y que termine viendo cómo te rompes la pierna otra vez.

Él soltó una risa baja, negando con la cabeza.

- Siempre me cuido, princesa - respondió con voz suave, dejando un beso lento en mis labios.

Estrellas | Natanael Cano  Donde viven las historias. Descúbrelo ahora