LXXVII

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Camila Hastings

- Mi amor - dijo mi mamá adentrándose a mi habitación - Nata te trajo esto - añadió, extendiéndome un ramo de flores.

Me incorporé en la cama, parpadeando un par de veces mientras veía el ramo entre sus manos.

Sentí un nudo formarse en mi garganta de inmediato.

- ¿Te las dejo aquí?

Asentí levemente, extendiendo las manos para tomarlas.

- Gracias... - murmuré con la voz tan baja que apenas me escuché yo misma.

Mi mamá me observó un segundo más, como si estuviera decidiendo si decir algo, pero terminó dándome una palmadita suave en la pierna antes de salir de la habitación.

Cuando me quedé sola, miré el ramo un largo rato. Había una pequeña nota entre los tallos.

"Sé que la cagué. Sé que no merezco que me leas, pero solo quiero que sepas que te amo más que a nada en esta vida.
No espero que me perdones hoy.
Solo quiero que sepas que no voy a dejar de intentar demostrarte que no soy ese pendejo que te lastimó antes.
No quiero un futuro que no sea contigo.
Te amo, Millie. Siempre tuyo."

Sentí las lágrimas arder en mis ojos antes de que pudiera detenerlas. Apreté la nota contra mi pecho, cerrando los ojos con fuerza mientras Ollie se acercaba, queriendo olfatear las flores.

- ¿Tú qué dices, Ollie? - susurré con la voz entrecortada, acariciándole la oreja - ¿le creemos?

El solo movió la cola suavemente, acomodando su cabeza en mi pierna, acercándose a las flores "disimuladamente".

Suspiré, dejando el ramo en el buró y recostándome de nuevo, con la nota aún en la mano.

A los minutos mi celular comenzó a vibrar, anunciando una llamada de Natanael, pero no respondí, solo miré la pantalla hasta que la llamada se cortó.

No tardaron en llegarme mensajes de texto:

"Millie, por favor
Solo quiero escuchar tu voz
Sé que estás enojada y que no tengo derecho a pedirte nada
Pero por favor respóndeme aunque sea para saber que estás bien
Te amo, chula
No sabes cuánto me duele esto
No quiero perderte"

Leí cada uno con el corazón latiéndome en los oídos. Sentía las lágrimas queriendo salir de nuevo, pero las contuve cerrando los ojos con fuerza.

Las horas pasaron y más mensajes siguieron llegaron, pero no respondí a ninguno. No podía. Ni siquiera sabía qué era lo que quería decirle exactamente.

Para mi mala suerte, la mañana llegó, y con todo mi pesar tuve que ir a la oficina.

Me arreglé en automático, sin pensar demasiado en nada. Solo quería llegar, cumplir con mis pendientes, y regresar a encerrarme en mi habitación.

Pero apenas abrí la puerta de mi oficina, lo vi.

Natanael estaba sentado en el sillón con los codos apoyados en sus rodillas y sostenía la cabeza entre sus manos.

Parecía agotado. Sus ojeras estaban más marcadas que de costumbre y su cabello desordenado como si hubiera pasado muchas veces su mano sobre el.

Cuando levantó la mirada y me vio, sus ojos se iluminaron un poco, pero esa luz se apagó casi de inmediato, reemplazada por algo que no supe si era tristeza, arrepentimiento, cansancio... o todo junto.

Estrellas | Natanael Cano  Donde viven las historias. Descúbrelo ahora