CII

610 90 11
                                        


Natanael Cano

- Rubén, quédate quieto - dijo mirándome de reojo mientras removía algo en la estufa.

- Es que pica, Cami - intenté protestar, moviendo apenas el brazo, aunque sabía que no debía hacerlo.

Ella me lanzó una mirada de advertencia antes de regresar a su tarea.

- Natanael, si te tocas los puntos, te los vas a abrir.

- Nomás me rasqué tantito - repliqué con tono de niño regañado.

- Si, tantito, pero luego vas a estar llorando porque te duele - respondió sin voltearse, aunque su tono delataba que quería reírse.

Me crucé de brazos, tratando de disimular lo incómodo que me sentía.

- No estoy llorando, nomás digo que pica bien culero.

Ella soltó una risita bajita.

- Pues aguántate, amor.

- Eres mala conmigo - murmuré, exagerando el tono de sufrimiento.

Camila volteó finalmente, con esa sonrisa que desarmaba cualquier intento de berrinche.

- Igual te casaste conmigo.

- Si... - susurré - pero eres mala.

Ella rodó los ojos, divertida, antes de comenzar a servir la comida.

- Ten, Nat - dijo poniendo el plato frente a mi - comes y después te tomas las pastillas.

Una mueca instantánea se formó en mi rostro.

- Natanael, no voy a pelear contigo para que te tomes las pastillas - añadió antes de que yo pudiera decir algo - ya tienes una semana tomándotelas, ya es para que te hubieras acostumbrado.

Solté un suspiro largo, dejando caer la cabeza hacia atrás.

- Pero saben culero, Cami... - murmuré, sin poder ocultar la mueca.

Ella se encogió de hombros, sin inmutarse ni un poco por mi berrinche mientras se sentaba a mi lado.

- Nadie te dijo que te subieras a esa moto.

Me quedé callado, sin tener nada para defenderme. Su tono sonaba tranquilo, pero no aliviaba mi culpa. No me había reclamado nada, me hablaba normal, me cuidaba con la misma paciencia de siempre, pero sabía que seguía de molesta.

- Tu ya me habías dado permiso - murmuré al fin, sabiendo que no era excusa.

Ella giró el rostro hacia mí, con una ceja arqueada.

- Si, y esa vez también regresaste golpeado - respondió despacio, sin subir la voz - esta vez ni siquiera me dijiste que ibas a ir.

Bajé la mirada, jugando con el borde de la servilleta.

- No quería preocuparte... pensé que no iba a pasar nada.

- Y mira cómo volviste - dijo con suavidad, pero se notaba el nudo en su garganta.

La miré, queriendo acercarme, pero ella ya se había levantado para llevar su plato al fregadero.

- Cami... - susurré, y cuando giró apenas la cabeza, continué - perdóname, amor. No lo pensé bien.

Ella se apoyó en la barra, respirando hondo antes de hablar.

- Lo sé, Natanael... sé que se te hizo fácil y es algo que te gusta, pero no quiero que otra vez llegue alguien a decirme que te pasó algo.

Estrellas | Natanael Cano  Donde viven las historias. Descúbrelo ahora