LIX

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Camila Hastings

Tallaba mis ojos mientras abría la puerta, aunque todo rastro de sueño desapareció al ver a Natanael ahí parado.

- ¿Nata? - murmuré con sorpresa.

- Hola, Millie - saludó con una sonrisa suave.

Fruncí el ceño, todavía confundida.

- ¿Qué haces aquí tan temprano?

El rio por lo bajo.

- Chula, son casi las dos.

Rodé los ojos, pero una risa se me terminó escapando.

- Sigue siendo temprano para mí.

El sonrío con diversión y levantó una bolsa.

- Te traje comida... desayuno.

- Pasa - dije haciéndome a un lado.

El entró con confianza, como si fuera su casa, y se dirigió directo a la cocina. Lo seguí con pasos lentos, aún tratando de sacudirme del sueño.

- ¿Y mi hijo?

- En el jardín - respondí poniendo unos vasos sobre la barra - no tarda en venir.

El sonrió, terminando de sacar nuestro desayuno.

- ¿No me vas a saludar? - preguntó parándose frente a mi.

Lo miré con una ceja alzada, cruzándome de brazos.

- ¿Saludarte?

Asintió, dando otro paso y acorralándome contra la barra.

- Hola, Nata.

Soltó una risa baja, posando su mano en mi cintura.

- Pero bien, Cami - dijo inclinándose un poco.

Rodé los ojos con diversión, pero no me moví.

- Hola, Natanael - repetí, esta vez más despacio.

Su sonrisa se ensanchó y sus dedos hicieron una ligera presión en mi cintura antes de que se inclinara un poco más.

- Yo puedo estar aquí todo el día, eh.

- Ya te saludé, Nat - respondí con fingida inocencia.

Él soltó una risa baja, sin apartarse ni un centímetro.

- Dame un beso.

- Dámelo tú - dije con el ceño fruncido.

Arqueó una ceja.

- ¿Me vas a dejar?

Me encogí de hombros y antes de que dijera algo más, cerró la distancia entre nosotros y presionó sus labios contra los míos en un beso lento.

Mis manos, que hasta ahora habían permanecido cruzadas, se soltaron casi por instinto, aferrándose a su sudadera.

Cuando se separó apenas unos milímetros, su sonrisa seguía ahí.

- Buenos días, chula.

Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír también.

- Buenos días, Nata.

Hizo el ademán de hablar, pero Ollie llegó saltando hacia otros y Natanael me sostuvo con más firmeza para que no perdiera el equilibrio.

Detrás de él estaba Claudia, con una sonrisa que intentó disimular mientras dejaba unos juguetes de Ollie en la canasta.

Estrellas | Natanael Cano  Donde viven las historias. Descúbrelo ahora