CVII

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Camila Hastings

- Ven, chula - dijo extendiéndome la mano para ayudarme a bajar.

La tomé, asegurándome de sostener a Santiago contra mi pecho. Luego, el se inclinó en el asiento, sacando a Ivanna de su sillita con tanto cuidado que hasta parecía tener miedo de respirar.

Cuando la tuvo en brazos, se enderezó despacito y la acomodó igualito que la enfermera le enseñó, con el brazo firme y el cachetito pegado a su pecho.

- Ahí está, mi amor... - susurró él, con una ternura que jamás le había escuchado - ya estás en casita.

Yo me derretí por completo, y tuve que tragar saliva para no saltarme a llorar.

Natanael alzó la vista, sonriendo suavemente mientras se inclinaba a dejar un beso en mi frente.

- Vamos, Millie - murmuró - ya quiero que vean a los perros.

Asentí de inmediato, emocionada, y lo seguí hacia la puerta.

En cuanto abrimos, se escucharon sus pasitos rápidos, muy rápidos, y no tardaron nada en llegar con nosotros.

- Siéntense - les dijo Natanael en cuanto aparecieron.

Ellos obedecieron, aunque sus colas se movían con tanta emoción que daba risa.

- A ver, les vamos a presentar a sus hermanitos, pero tienen que tener cuidado porque están chiquitos.

Solté una risita, inclinándome un poco al tiempo que ellos se acercaban despacio. Muy despacio. Más despacio que nunca en su vida.

- Suavecito, Ollie - susurré, dejando que olfateara la cobijita.

Papito se acercó detrás de él, estirando el cuello, curioso.

El niño hizo un ruidito dormido y Ollie saltó del susto, haciéndonos reír.

- Es un bebé, Ollie - le explicó el, agachándose con Ivanna en brazos para ponerla a su altura - no te va a comer.

Papito al contrario, avanzó un pasito y apoyó la barbilla en la pierna de Natanael, olfateando la cobija de nuestra bebé.

- Qué bonitos... - susurré, sintiendo que otra vez me daban ganas de llorar.

- Pues claro, chula... - murmuró, y su voz salió bajita, como un suspiro - si son nuestros.

Me quedé mirando la escena: los perros quietecitos, atentos, como si entendieran que aquello que sosteníamos era algo sagrado.

Ollie, todavía medio sacado de onda por el ruidito del niño, volvió a acercarse despacio, con las orejas hacia adelante, curioso y emocionado.

- Míralos... - dije con una sonrisa temblorosa - hasta parecen educados.

- Nomás hoy - contestó sonriendo - mañana ya van a nadar con su desmadre.

Yo solté una risita suave, porque era verdad.

Pero en ese momento, los dos estaban tan nobles que parecían otros perros.

Cuando terminaron de conocer a nuestros bebés, subimos a la planta alta, con ellos siguiéndonos de cerca.

- Mira, princesa - le susurró el, deteniéndose en medio de la habitación - aquí vas a dormir con tu hermanito.

Yo me detuve unos pasos atrás, mirándolo con nuestra niña en brazos. Luego, bajé la mirada a el niño, y sentí un nudo formarse en mi garganta otra vez.

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⏰ Última actualización: 5 days ago ⏰

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Estrellas | Natanael Cano  Donde viven las historias. Descúbrelo ahora