XCVI

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Camila Hastings

- Mi amorcito - dijo acostándose a mi lado - ¿tienes planes para hoy?

- No, amor, ¿por qué?

El se acomodó mejor, abrazándome por la cintura y dejando un beso en mi hombro.

- ¿Me acompañas a la pista?

Me quedé callada, sintiendo cómo todo mi cuerpo se tensaba.

- Más tarde - añadió rápidamente - ya que baje el sol para que no te me desmayes.

Suspiré, llevando una mano a su cabello.

- Natita, mi amor - comencé suavemente - ¿te puedo pedir un favor?

- Si, Millie - respondió alzando la cabeza, curioso - ¿qué cosa?

- Mientras esté embarazada... ¿puedes no hacer eso?

Él me miró en silencio por unos segundos, como si estuviera procesando mis palabras, y luego frunció apenas el ceño.

- ¿En serio? - preguntó despacio, sin sonar molesto, solo sorprendido.

Asentí, sintiendo que mi corazón latía más rápido.

- No quiero pasarme el embarazo con miedo de que algo te pase, Nat - susurré - y ahorita las hormonas me están volviendo loca y no quiero saber cómo me voy a poner de saber que estás encima de la moto.

Él dejó escapar un suspiro profundo, comenzando a jugar con el borde de mi blusa.

- ¿Y... si no me acompañas?

Negué suavemente con la cabeza, sintiendo un nudo en la garganta.

- Ni así, Nat - respondí con voz baja - no es por si lo veo o no... es que no quiero que te pase nada.

Él se quedó callado un momento, observándome. Luego, suspiró y me acercó más a su pecho.

- Está bien, Millie... no voy a subirme - dijo al fin, dejando un beso en mi frente.

Sonreí aliviada, sintiendo que me quitaba un gran peso de encima.

- ¿Y al autódromo? - preguntó después de un momento.

Rodé los ojos con diversión, separándome lo suficiente para verlo.

- ¿No puedes agarrar un hobbie más normal?

Él sonrió de lado, con esa expresión traviesa que me hacía imposible enojarme de verdad.

- Podría... pero ya no sería el hombre del que te enamoraste.

Rodé los ojos, aunque una sonrisa se me escapó inevitablemente.

- Pero serías el hombre que no me tiene con taquicardia cada dos días - repliqué, dándole un golpecito en el pecho.

Él rio bajo, inclinándose para besarme la mejilla.

- Está bien, princesa... ¿te parece bien pintura? ¿Repostería o... qué cosa?

Solté una risita, negando con la cabeza.

- Lo que sea que no me tenga mordiéndome las uñas.

Él sonrió divertido, acariciando mi cabello.

- Entonces pintura... pero de motos, para que no se pierda la costumbre.

Negué con la cabeza, riendo, mientras sentía cómo sus dedos dibujaban círculos lentos en mi espalda.

- ¿Yo también te puedo pedir un favor? - preguntó de repente, viéndose más serio.

Estrellas | Natanael Cano  Donde viven las historias. Descúbrelo ahora