LXVII

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Camila Hastings

- Nata, ¿a dónde vamos? - pregunté por milésima vez desde que bajamos del auto.

- Es sorpresa, amor - respondió, mientras sentía sus manos en mi cintura, guiándome.

- Parece más secuestro que sorpresa - me quejé, dando pasos cautelosos, pues traía los ojos vendados.

- Qué dramática eres - rio detrás de mí, apretando un poco mis caderas - confía en mí, ya casi llegamos.

Suspiré con resignación, aunque la sonrisa se me escapaba.

- Por lo menos dime que los perros siguen por aquí - le pedí, aferrando mis manos a las suyas.

Hace varios metros que los había dejado de escuchar.

- Si, amor, están poquito más adelante.

- ¿Y si se pierden? - pregunté enseguida, frunciendo el ceño bajo la venda.

El rio por lo bajo.

- No se van a perder, Cami, yo los estoy viendo.

- Yo también quiero verlos.

- Ya casi, mi amor - murmuró mientras dejaba un beso en mi mejilla - unos pasos más... ya, ¿lista?

Asentí rápidamente, nerviosa y emocionada.

Sentí cómo desataba la venda suavemente, y al abrir los ojos, me quedé sin aliento.

Estábamos parados al lado a una cabaña, y frente a ella había una fogata, una manta extendida sobre el césped con una canasta, cojines y una botella de vino.

- ¡Nata! - chillé, saltando a sus brazos - ¡me encanta!

El sonrió orgulloso, recibiendo mi abrazo.

- Sabía que te iba a gustar - susurró en mi oído, apretándome fuerte contra el antes de besarme la mejilla.

Sonreí contra su cuello, sintiéndome completamente feliz.

- Eres el mejor, Nat - murmuré, separándome un poco para besarlo.

Correspondió a mi beso con una dulzura que me derritió por dentro.

- Todo para ti, mi amor - murmuró contra mis labios - te lo mereces... y mucho más.

Suspiré con una sonrisa, rozando su nariz con la mía antes de separarme lentamente y mirar todo de nuevo. Los perros corrían entre los árboles y había pequeñas luces colgando a nuestro alrededor. Todo parecía salido de una película.

- Es perfecto.

Natanael me observaba en silencio, con esa mirada suave que siempre me hacía sentir segura, como si no existiera nadie más en el mundo.

- Ven, que todavía hay más sorpresas - dijo tomando mi mano y guiándome hacia la manta extendida frente a la fogata.

Me dejé llevar, aún sonriendo como tonta enamorada.

- ¿Más? ¿A poco crees que necesito más después de esto?

- Muchas, amor - respondió sentándose a mi lado y rodeándome con un brazo.

- ¿Si? ¿Qué cosa? - pregunté mientras el comenzaba a servir el vino.

- ¿Quieres que sean ya?

Asentí rápidamente, recibiendo la copa que me extendía.

El me miró por un momento, luego suspiró y dejó la botella a un lado, sin quitarme los ojos de encima.

Estrellas | Natanael Cano  Donde viven las historias. Descúbrelo ahora