LXXXVII

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Camila Hastings

- Papi, no llores - susurré bajando la mirada - vas a hacer que llore.

Sentí cómo sus manos temblaban apenas al sostener las mías.

- Es que estás tan bonita, Millie - murmuró con la voz quebrada - no puedo creer que ya estés tan grande.

Tragué saliva, mordiéndome el labio para no soltarme a llorar y arruinarme el maquillaje.

La wedding planner se asomó por la puerta, logrando que mis nervios de dispararan.

- ¿Lista, Camila?

Asentí, tomando un respiro profundo mientras mi papá me ofrecía su brazo.

Nos detuvimos frente a las puertas que daban hacia el jardín, y pronto comencé a escuchar la música de entrada.

Las puertas comenzaron a abrirse despacio, dejándonos ver el pasillo decorado con flores blancas, luces cálidas colgando entre los árboles, y al fondo, Natanael.

Se quedó quieto al verme, sus ojos brillantes y una sonrisa que parecía no caberle en la cara.

Mi corazón dio un vuelco.

Mientras avanzábamos por el pasillo, lo vi limpiarse los ojos con disimulo. Me mordí el labio, conteniendo las ganas de correr hacia él y abrazarlo.

Dimos los últimos pasos y, cuando finalmente estuvimos frente a él, mi papá me miró con una mezcla de orgullo y tristeza. Me dio un beso en la frente, y colocó mi mano en la de Natanael.

- Cuídala - dijo simplemente.

- Con mi vida, señor - respondió él, sin apartar la vista de mí.

Mi corazón se apretó con fuerza al escuchar sus palabras. Sentí cómo sus dedos se cerraban suavemente alrededor de los míos.

El oficiante comenzó a hablar, pero por unos segundos no escuché nada. Solo lo veía a él. Tenía los ojos brillosos, la respiración contenida y una sonrisa que, aunque temblorosa, estaba llena de felicidad.

- Estás hermosa - murmuró bajito, tan solo para mí.

No pude evitar sonreír, sintiendo que el pecho me dolía de lo lleno que estaba. De amor, de nervios, de emoción, de todo.

- Tú también, Nata - susurré de vuelta, sin poder apartar la mirada de sus ojos - te ves... perfecto.

Él soltó una pequeña risa.

- No llores, princesa - dijo en un susurro tembloroso - que si tú lloras, yo también.

Negué con la cabeza, tragando saliva para mantener la compostura, aunque la voz ya se me quebraba.

- No prometo nada - respondí apenas en un hilo de voz.

El se acercó un poco más, sin soltar mi mano, como si necesitara estar lo más cerca posible. El oficiante seguía hablando, pero nosotros estábamos en nuestra propia burbuja.

- Te amo - dijo él, mirándome con tanta intensidad que sentí que el mundo entero se detenía.

- Y yo a ti, Nat - respondí con una sonrisa temblorosa - no sabes cuánto.

(...)

- Estoy tan feliz - dijo contra mi cuello, sus brazos rodeando mi cintura con fuerza.

Cerré los ojos un segundo, respirando profundo, tratando de grabar en mi memoria cada detalle: su aroma, su voz, la calidez de su abrazo.

- Yo también, amor - susurré, acariciando su nuca - no puedo creer que ya somos esposos.

Estrellas | Natanael Cano  Donde viven las historias. Descúbrelo ahora