LXXVIII

1.1K 118 3
                                        


Camila Hastings

Tomé mi bolso y avancé hacia la puerta, pero frené al verlo adentrarse.

Natanael caminó hacia mí con calma, como si tuviera miedo de que me alejara. Se veía cansado, y esa expresión de culpa aún no se iba.

- ¿Ya terminaste? - preguntó suavemente.

Asentí levemente, fingiendo que buscaba las llaves dentro de la bolsa.

- ¿Y... te irás a tu casa o... puedo dormir contigo hoy?

Lo vulnerable que sonó su voz me hizo alzar la vista de inmediato. Estaba con la cabeza agachada, jugando nerviosamente con sus dedos.

- O llevarte a cenar aunque sea - añadió en voz baja, apenas audible - solo si quieres, Cami.

Sentí un nudo formarse en mi garganta al escucharlo.

¿Cómo podía seguir viéndolo así y no perdonarlo en ese instante? ¿Cómo podía su voz sonar tan rota y a la vez tan llena de amor?

- No sé, Natanael - murmuré después de un momento, bajando la vista de nuevo - no sé si... si hoy pueda.

Hubo un silencio largo. Tanto que creí que se había ido, pero al alzar la vista seguía ahí, de pie frente a mí, mirándome con esos ojos marrones llenos de tristeza.

- Está bien... - dijo con un suspiro tembloroso - no quiero presionarte, chula... solo... quería verte antes de que te fueras.

Asentí, sintiendo mis ojos arder, pero me negué a dejar que las lágrimas salieran.

- Gracias por venir - susurré apenas audible.

Él sonrió, aunque fue una sonrisa triste. Dio un paso hacia mí, y por un momento pensé que iba a abrazarme, pero solo levantó la mano y acomodó un mechón suelto detrás de mi oreja, con cuidado, con extrema delicadeza.

- Te amo, Millie - dijo con esa voz ronca que siempre me desarmaba - te amo más que a nada... y sé que la cagué, pero voy a hacer lo que sea para que puedas confiar en mí otra vez. Lo que sea.

No pude responderle. No me salían las palabras.

Así que solo asentí, respirando hondo.

- Vamos, amor - dijo suavemente - te acompaño a tu carro.

Salimos de la oficina en silencio.

Sentía su presencia a mi lado, tan cálida y tan familiar, que dolía. Dolía demasiado.

Cuando llegamos al estacionamiento, busqué las llaves en mi bolso con manos temblorosas. Él se quedó de pie junto a mí, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón mientras miraba el suelo, como si no supiera qué hacer.

Finalmente, cuando abrí la puerta del carro, lo escuché suspirar.

- Maneja con cuidado, ¿sí? - dijo en voz baja, mirándome con esos ojos llenos de amor y cansancio - y... no olvides cenar, Millie, por favor.

Asentí, sin atreverme a responderle.

Dejé mi bolso sobre el asiento y cuando me giré hacia el, se me apretó el pecho de lo vulnerable que se veía. Estaba ahí, parado frente a mí, con los hombros caídos y esa mirada rota que me hacía querer abrazarlo hasta que todo estuviera bien.

Vi cómo respiraba hondo, como si estuviera reuniendo valor para hablar.

- ¿Puedo...? - dijo con voz temblorosa, alzando apenas una mano en mi dirección - ¿puedo abrazarte?

Estrellas | Natanael Cano  Donde viven las historias. Descúbrelo ahora