LXIX

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Camila Hastings

Tanteé la cama, queriendo abrazar a Natanael, pero abrí los ojos al no sentir nada. Fruncí el ceño, incorporándome un poco.

Estaba sola en la habitación.

Bajé las escaleras, aún tratando de sacudirme del sueño, y suspiré al verlo afuera, con un cigarro en la mano y la mirada perdida en el pasto.

Tomé una manta y abrí la puerta corrediza tratando no hacer mucho ruido, pero el ni siquiera se percató de que estaba aquí.

- Amor, ¿qué haces? - dije suavemente, poniendo la manta sobre sus hombros.

El parpadeó, como si regresara a la realidad, y subió la mirada hasta encontrar la mía. Sonrió, pero era una sonrisa débil, forzada.

- ¿Te desperté? - habló en voz baja, apagando el cigarro en el cenicero que tenía al lado.

Negué con la cabeza mientras me sentaba a su lado en el borde del escalón.

- ¿Qué pasa, Nat? - pregunté con cuidado, sin querer presionarlo.

Él tardó en responder. Sus ojos seguían clavados en algún punto del jardín, y todo el se veía tenso.

- Solo... no podía dormir - murmuró finalmente - no sé, insomnio.

Suspiré, sabiendo que no era solo eso. No era la primera vez que despertaba en la madrugada y el no estaba, disfrazándolo con insomnio, bajé por agua, tenía ganas de jugar...

Deslicé mi mano hasta la suya y entrelacé nuestros dedos. Su piel estaba helada.

- ¿Qué pasa, mi amor? - insistí suavemente, acariciando el dorso de su mano con mi pulgar.

- No quiero molestarte con mis mamadas - susurró, bajando la mirada a nuestras manos.

- Natanael, algo que te preocupe no es una mamada... puedes decirme lo que sea.

El soltó un suspiro pesado, y se quedó en silencio por varios minutos.

- Es solo que... constantemente pienso en lo que te hice - comenzó en voz baja, aún con la mirada perdida - lo mucho que te lastimé, cómo te hice sentir y... no te merezco, Cami, no merezco que seas mi novia, no merezco dormir abrazándote, no merezco estar contigo.

Sentí cómo mi pecho se apretaba al escuchar sus palabras, tan sinceras y dolorosas, dichas desde lo más profundo de su culpa.

Solté su mano y, sin decir nada, me subí a su regazo con cuidado. Él no me miraba, como si le pesara demasiado hacerlo. Coloqué mis manos en sus mejillas y lo obligué a levantar la mirada.

- Natanael... mírame - le pedí en voz baja.

Sus ojos, llenos de tormenta, se encontraron con los míos.

- ¿Tú crees que estaría aquí si no te quisiera? - pregunté con suavidad, acariciando su rostro con mis pulgares - ¿tú crees que me habría quedado si no sintiera que eres el amor de mi vida?

- Pero lo que hice... - comenzó, con la voz temblorosa.

- Ya lo sé. Ya me dolió, ya lo lloré. Pero también es algo que ya perdoné - dije firme - estoy contigo porque te amo y no hay un solo día que pase sin que me demuestres que quieres hacerlo bien.

Sus manos se aferraron a mi cintura mientras su respiración regresaba un poco a la normalidad.

- Me odio por eso, Cami - susurró, cerrando los ojos con fuerza - porque tu eres lo mejor que me ha pasado y aún así, fui yo el que arruinó todo.

Estrellas | Natanael Cano  Donde viven las historias. Descúbrelo ahora