LXXVI

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Natanael Cano

Respiré profundo, mirando el reloj como por décima vez en los últimos cinco minutos.

Estaba afuera de la casa de Camila, esperando a que diera una hora razonable para tocar. Desde anoche que vi sus mensajes intenté hablar con ella, explicarme, pero no respondió ni una de mis más de treinta llamadas.

Me pasé las manos por el rostro, frustrado.

Cada segundo que pasaba se sentía como una hora completa.

Después de lo que fue una eternidad, en la que tuve que reunir toda mi fuerza de voluntad para no ir a comprar unos cigarros, me bajé del auto con el corazón palpitando tan fuerte que sentía que me iba a reventar el pecho.

Me acerqué a la puerta y toqué el timbre.

Al minuto se abrió, y del otro lado estaba la mamá de Camila con una sonrisa cálida.

- Hola, suegra - la saludé con una sonrisa nerviosa, metiendo las manos a los bolsillos para no mostrar que me estaban temblando.

Todavía es mi suegra, ¿verdad?

- Hola, hijo - respondió con alegría, dándome un beso en la mejilla.

Sentí el nudo en mi estómago hacerse más grande.

- Pasa, creo que Millie sigue dormida, pero ya sabes dónde está su cuarto.

- ¿Ollie está con ella? - pregunté al no verlo por ningún lado.

- Ese niño no se despierta hasta que lo haga Camila - dijo soltando una leve risa.

Solté una pequeña risa, aunque se sintió forzada.

- Sí... eso me imaginé - murmuré.

- ¿Quieres desayunar algo? Hice hotcakes.

Negué suavemente.

- Gracias, suegra. Iré con Cami primero.

- Claro, Nata. Ya sabes el camino - dijo con una palmada suave en mi hombro, antes de girarse hacia la cocina.

Respiré profundo. El corazón me latía tan fuerte que podía escucharlo en mis oídos.

Subí las escaleras despacio, rezándole hasta a Ariel Camacho para que por lo menos me escuchara.

Toqué la puerta apenas y esperé unos segundos, pero nada. Giré la perilla lentamente, y asomé la cabeza. Estaba acostada boca arriba, cubierta hasta los ojos, pero giró la cabeza al escucharme entrar.

Ollie saltó de la cama, avanzando hacia mi con emoción.

- Ollie, no - dijo ella con firmeza, incorporándose un poco.

El perro se detuvo en seco, pasando su mirada de Camila a mi, su cola comenzando a moverse más lento.

- Ven - agregó, palmeando la cama.

Ollie me miró por un segundo más antes de regresar a la cama.

Me quedé congelado, con la mano aún en la perilla, observando cómo Ollie volvía con ella cabizbajo.

- Millie... - murmuré con tristeza.

- Vete, Natanael - soltó con frialdad, sin mirarme directamente.

- Cami, por favor, escúchame - le pedí, mi voz más baja de lo que pretendía.

Ella no respondió. No me miró. Solo acarició con lentitud la cabeza de Ollie.

Estrellas | Natanael Cano  Donde viven las historias. Descúbrelo ahora