Unos ligeros sollozos se escucharon acompañando a la joven de cabello castaño quien salía de la habitación del hombre aún temblando de frío y miedo, a pesar de que su cuerpo había estado unido por tanto tiempo a un hombre con tanto poder, no hubo momento en el que se sintiera completa o segura, algo que durante mucho tiempo mujeres a su alrededor le habían repetido.
Su caminata dejaba como rastro gotas de sangre la misma que escurría de sus piernas como muestra de lo enmasillada que ahora estaba su pureza y por ende su valor como mujer.
—¡Dios bendito!
Las mujeres en la habitación corrieron hacia la joven que ahora se apoyaba en la puerta en busca de resguardo. Todas esclavas, todas sirvientas, muchas usadas y otras más muertas, pero si tenias suerte le agradarías a algún hombre de la guerra y este te tomaría como amante para darte una mejor vida.
Eso era lo que habían enseñado, pero a su corta edad Cerem supo que todo era una vil mentira, algo que sus hermanas decían con el afán de engañarse a sí misma para no aceptar la miseria a la que habían sido condenadas.
—Gianna, ve a dormir —ordenó la mayor al ver como la niña miraba todo desde un rincón.
...
—Mamá... Mamá ¡Maaa! —gritó el niño harto de no ser escuchado.
Cerem se levantó de aquel profundo sueño limpiando las lágrimas que había dejado aquel amargo recuerdo, como de costumbre sintió la pérdida de las mujeres a las que llamó familia y cerró los ojos por unos segundos esperando recobrar la compostura.
—¿Que le ocurre a mi pequeño príncipe? —preguntó con voz dulce— ¿Es que acaso no sabes dormir sin mi a tu lado? —Mustafá jaló la túnica de la joven para poder acomodarse junto a ella en la cama.
El niño quien se vio fastidiado todo el día por los brazos de su abuela deseaba tener al meno un momento de paz junto a su cuidadora que feliz lo recibió entre sus brazos para volver a dormir.
—Cupido me ha flechado y el oro me da igual... Solo puede consolarme, mi marino audaz jovial, doncellas vengan todas, las que aman de verdad que un marino alegre viene... A ver el viejo mar~
La noche fría acompañaba el canto de la sirvienta que entre sueños murmuraba cantos al oído del pequeño príncipe que dormía feliz en su pecho en busca de su calor. En momentos como esos Cerem sentía que todo había valido la pena y que no había dolencia capaz de perturbar su paz, ni siquiera los recuerdos de lo que fue su niñez.
—Cerem —la puerta de la habitación se abrió dejando ver a Firial junto a otras sirvientas.
—¿Que pasa señorita Firial?
—Balhar, quédate con el príncipe esta noche, Cerem, tienes que acompañarme.
—¿Ocurre algo señorita Firial?
—Ven conmigo Cerem —se limitó a decir.
La castaña obedeció dejando al niño en la cama a pesar de sus protestas y lloriqueos, y con incertidumbre siguió a la sirvienta hasta llegar a los aposentos de las favoritas en donde algunas sirvientas cuchicheaban emocionadas mientras miraban diferentes vestidos y joyas procedentes del baúl que ni siquiera la propia Cerem había tocado.
—Dejen eso en su lugar —intervino exaltada.
El resto rió divertidas.
—Ya hablas como una favorita —se burlaron.
—Dejen de decir tonterías y ayúdenme a alistarla.
—¿Señorita Firial, que está pasando? —volvió a preguntar recibiendo una respuesta esta vez.
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El Sultan - Mi Leon
Fanfic-Lo lamento mi Sultan, pero... No hay nada que pueda hacer. -¡¿Que me estas diciendo? Hurrem cerró los ojos resignada e impactada ante las palabras que anunciaban la muerte de una de sus mayores enemigas. -Que Allah reciba a Mahidevran en su reino.
