Adorado pt.2

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Los pies de Cerem se sentían tan pesados como el mundo mismo, pero ni siquiera eso bastó para mantenerla sentada, esperando a su hijo, que cruzaba una peña colina para llegar hasta ella.

Su vestidura, usualmente pesada, pareció aligerarse como una ventisca cuando los brazos de su hijo se unieron en torno a ella. La sonrisa infantil, desprovista de odio, miedo y dolor, llenó el corazón de la Han, quien se sintió aliviada al sentir en su pecho la alegría de su hijo, al percibir el calor de su cuerpo, al escuchar la risa lírica que solo ella era capaz de provocarle.

—Oh, adorado... —susurró, sin aliento—. Oh, adorado... mi querido y adorado hijo, mi precioso Mustafá —murmuró, con la garganta tan colmada de emociones que le era imposible expresarlas en palabras.

—¡Madre, madre, madre! —la voz lírica de una niña fue la única advertencia para Cerem antes de que dos pares de brazos rodearan sus costados.

La visión fue de lo más extraña...

Grandes y redondos ojos, de un azul que parecía desvanecerse en grises. Pestañas largas y rectas. Cabello lacio y abundante, de un marrón que imitaba la corteza de los imponentes árboles de Constantinopla.

Y sus sonrisas...

Entre sus finos labios, Cerem vislumbró el canto lírico de una risa parecida a la suya, parecida a la de Ibrahim. Pero la forma en que sus labios se curvaban era, sin duda, la misma del Sultán... y a su vez, la misma que la de Mustafá.

—'Son míos'—pensó, llena de una emoción que la hacía querer llorar y reír a partes iguales— mis bebés —susurró, sintiendo cómo el mar de sus costas se abalanzaba sobre ella para ahogarla— adorados niños... a los que he matado de hambre en mi tristeza...

—No te culpes —los brazos finos de Mahidevran tomaron sus codos, dándole estabilidad—. ¿Cómo puedes juzgarte por llorar, después de haber sido alejada del único niño que conocías?

—No es justo para ti —declaró Gülfem, mientras su único brazo libre acariciaba gentilmente la cabellera, igualmente oscura, de un niño muy joven y pequeño, de rasgos similares a los suyos.

—¿Ahmed? —preguntó Cerem, sin estar segura de si aquel niño era el de las historias en la carta de la difunta sultana.

—Me alegra que puedas conocerlo —fue la única respuesta de Gülfem, quien parecía irradiar una alegría que jamás tuvo en vida.

—¿Yo estoy muerta? —preguntó, sintiendo emoción y pavor a partes iguales.

Mahidevran y Gülfem compartieron una mirada breve pero significativa antes de reír.

—Nada de eso. Tú aún tienes mucho que hacer en esa deplorable tierra antes de unirte a nosotras —se apresuró a decir Gülfem—. Esto es solo un presagio.

—¿De qué...?

—De que serás feliz —respondió Mahidevran, dejando la risa a un lado—. De que harás cosas aún más extraordinarias si sigues el camino que tu intuición te dicta.

—Si no te permites apagarte bajo el yugo de la dinastía, como nosotras —agregó Gülfem—. Esto, Cerem, es un favor para nosotras... un deseo tras una vida que nos quedó debiendo muchas cosas.

—Entonces no estoy muerta... esto es un simple sueño... —murmuró, decepcionada al saber que volvería a una realidad triste y desgraciada.

—Un sueño. Esa es una forma de percibirlo —razonó Mahidevran— sin embargo, eso no lo hace menos veraz ni nuestras palabras menos importantes.

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⏰ Última actualización: May 08, 2025 ⏰

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