-Lo lamento mi Sultan, pero... No hay nada que pueda hacer.
-¡¿Que me estas diciendo?
Hurrem cerró los ojos resignada e impactada ante las palabras que anunciaban la muerte de una de sus mayores enemigas.
-Que Allah reciba a Mahidevran en su reino.
Las horas pasaron, y la mañana se alzó con un resplandor especial, casi como si el propio cielo celebrara la recuperación del príncipe.
El frío común de Constantinopla se atenuó, el agua de la costa lejana se amansó, y el pueblo, que desde días atrás había morado en total silencio, despertó con una alegría renovada. Los sirvientes del palacio —como ya era su costumbre— no habían dicho nada condenatorio; sin embargo, el pueblo, siendo un reflejo de su gobernante, supo leer las acciones de los vasallos, llegando todos a la feliz conclusión de que algo bueno había sucedido dentro de los muros del hermoso palacio.
Muros que ahora contenían a una regente exhausta, vigilada por dos de sus sirvientas más leales. Aygul y Beste apenas habían sido capaces de contener su emoción y su deseo de despertar a su señora para compartir las buenas noticias.
Pero verla dormir tan profundamente después de tanto tiempo les había ayudado a contener cualquier deseo proveniente de la euforia.
—¿Crees que lo sabe? —cuestionó Beste.
—¿Saber qué?
—Que el príncipe está mejor —aclaró, aún sin dejar de sonreír ante la simple palabra—. Nuestra sultana no había dormido en días y siempre despertaba ante la más mínima presencia. Siempre ha sido así, incluso antes de la enfermedad de nuestro príncipe. Pero en cuanto él mejoró, ella pareció caer profundamente dormida, como si no tuviera más preocupaciones.
La observación de Beste fue más que acertada para Aygul, quien solo pudo asentir en reconocimiento.
—Nuestra Cerem siempre ha sido especial —se permitió decir, dejando de lado la etiqueta—. Ambas servimos juntas al difunto príncipe, y ella siempre fue consciente de todo lo que pasaba a nuestro alrededor, a pesar de nunca haber alzado la mirada del piso —recordó con cierta diversión—. Ahora es madre... Las madres por sí mismas tienen un don que nadie en este mundo sabe explicar. Saben de sus hijos cosas que nadie más, ni siquiera sus propios hijos, saben. Así que, el pensar que, de alguna forma u otra, nuestra señora sabe dentro de sí que su hijo ahora está bien, no es difícil de creer que ese sea el caso.
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—Cerem, querida Cerem, apresúrate.
El sol, atenuado por las nubes, irrumpía en los enormes ventanales del palacio. El sonido de los ligeros pies de los niños, perseguidos por las pesadas pisadas de los sirvientes, se escuchaba detrás de las grandes puertas de madera de sus aposentos.
Cerem se miró en el espejo y supo que estaba soñando.
No lo dedujo por la melodiosa voz de Mahidevran, ni por el hecho de que su figura había recuperado la esbeltez de antaño y su tez volvía a irradiar el brillo de alguien sano y libre de preocupaciones. Tampoco por saber, con extraña certeza, que los alaridos extasiados al otro lado de la puerta pertenecían a Mustafá.