Capítulo XVIII.

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Me despertó el sonido de los gorriones que picoteaban el suelo en busca de comida. El viento tocaba mi ventana intentando despertarme y las sábanas me abrazaban con calidez. Abrí los ojos y miré con tristeza a mi alrededor.

No me cabía duda alguna de que lo que había pasado por la noche, era cierto.

Me sentía débil y bloqueada, completamente impotente.

    —Jay...

Mis ojos se llenaban de lágrimas al recordar cómo mi amigo se había sacrificado. ¿Seguiría vivo? Esperaba que sí. No podía concebir la idea de que hubiese muerto, tenía que seguir con vida. Cerré los ojos, intentando tranquilizarme  y respiré hondo un par de veces. Y otra vez, ¿cómo había llegado a casa?

El calorcito de las sábanas me reconfortaba, me hacía sentir segura y me incitaba a dormir más. Pero no podía disfrutar de ello. No mientras la imagen de Jay corriendo para poder salvarme me atosigaba. Salí de la cama, sintiendo el frío que hacía fuera y rápidamente me puse algo de ropa encima.

Pensaba, que si misteriosamente yo había llegado a casa, quizás él también estuviese en la suya. Me calcé las deportivas y salí al trote de casa, enredándome con la bufanda y estremeciéndome con el aire gélido que avecinaba la proximidad del invierno. Recorrí las calles con paso acelerado hasta llegar a la pensión en la que dormía Jay. Al tocar la puerta, la casera, una señora rubia con las raíces del pelo completamente negras, que hacía ondear su bata color rosa chicle por el pasillo, me abrió y con el ceño fruncido me hizo pasar  a la habitación.

    —Está tal como la dejó. —Me miró, como pidiendo explicaciones. Con un suspiro la ignoré y entré en el cuarto buscando... Realmente no sabía qué estaba buscando. Una pista, algo. Él no estaba en la habitación, ¿dónde podría estar? 

Pregunté a la casera los posibles sitios en los que lo encontraría, pero como única respuesta lo que recibí fue un encogimiento de hombros. Cerró la puerta en mis narices y me echó de la pensión.

Una vez en la calle caminé hasta el hospital, en el que tampoco estaba. Recorrí la ciudad entera, escrutando entre la gente el rostro de Jay. Agotada, y algo abotargada me senté en el banco de un parque.

Con la cabeza entre las manos, intenté concentrarme. Con cada paso que había dado mi miedo crecía. ¿Y si no había conseguido escapar? ¿Y si ahora estaba herido? ¿O muerto? Me imaginaba a Jay tirado en medio del bosque, esperando que alguien lo encontrase. De pronto en mi mente hubo un fogonazo y todo me pareció mucho más claro. Giré la cabeza y miré el bosque cercano.

Miles de pensamientos deambulaban de aquí para allá colándose por la más mínima rendija de mi mente, trayendo recuerdos, para mi desconocidos, pero que se sentían angustiantes y llenos de dolor.

«El bosque».

En mi cabeza no paraba de resonar aquella palabra. Me levanté como guiada por un encantamiento del cual no hay escapatoria posible. Y con pasos lentos me dirigí hasta la linde de éste.

Di otro paso, colándome entre los árboles y sintiendo cómo la humedad, aún atrapada por las ramas algo desprovistas de hojas de los pinos, me envolvía con lentitud, haciéndome sentir que el frío aumentaba.

Atrás quedaban los sonidos de los coches, los gritos de los niños y los murmullos incesantes de las conversaciones ajenas. Ahora sólo se escuchaba el canto de algunas aves, el leve frotar de las hojas unas contra otras y mis pasos. Las ramas crujían bajo mis pies y ante la quietud del bosque sonaban ruidosos.

Caminaba como un autómata, el único deseo que me movía en ese momento, era encontrar a Jay. Pero conforme avanzaba, y mis pasos me adentraban más y más en el bosque comencé a distraerme. Pasaba las manos por la corteza de los árboles, disfrutando del tacto rugoso de su tronco. Mi vista paseaba sin descanso, observando el tupido manto de hojas muertas en el suelo, y al mismo tiempo buscando alguna pista de dónde podía estar Jay.

    —Quizás haya sido una estupidez entrar aquí —dije para mí misma—. Cómo... ¿Cómo se supone que voy a encontrar la salida ahora?

Estaba inmersa en mis propias preocupaciones, casi no me había dado cuenta de que estaba hablando el voz alta. No me esperaba ni mucho menos una respuesta.

    —Quizás... Sí haya sido una estupidez entrar aquí.

El corazón casi se me sale por la boca, una voz a mis espaldas hablaba, oculta tras las ramas y los arbustos. Giré mi cuerpo por completo y miré el foco de donde yo creía provenía la voz. Por la espalda comenzó a bajarme un sudor frío, las manos comenzaron a helárseme y los nervios comenzaron a traicionarme, haciéndome escuchar un agudo pitido, y nada más. Ya no se escuchaban las aves cantar, tampoco se escuchaba el frotar de unas hojas contra las otras y mis pies permanecían estáticos, pegados al suelo como si largas cadenas de hierro me anclasen a éste.

Los arbustos ante mi se movieron creando uno de los pocos ruidos audibles en aquél momento. Para mi asombro, y desconcierto, de entre los arbustos apareció un hombre. Tapaba su rostro con una máscara blanca con tan sólo dos agujeros para los ojos y unas pequeñas incisiones para la nariz. Pero quizás, lo más resaltante de esa máscara era, que pintada sobre su superficie, en un color rojo intenso que emulaba la sangre, aparecía una ancha sonrisa tan sólo trastocada por las diminutas gotitas que caían de ésta.

Quizás, al fin y al cabo, sí hubiese sido una estupidez entrar en el bosque.

Slave of Creepypastas.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora