Capítulo VI.

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Me desperté por la mañana, con las marcas de las sábanas en mi piel y la sensación de que apenas había pegado ojo en toda la noche. La ventana entreabierta dejaba que se colase una pequeña brisa que apenas aliviaba el calor sofocante de la habitación. 

Acostumbré mis ojos a la luz, y alcancé el móvil. No sé qué esperaba ver, si alguna notificación, un mensaje o una llamada perdida, pero no había nada de eso. Me quedé por unos minutos en la cama, despejándome y pensando en las cosas que ocurrieron la noche anterior.

Abrí el navegador y escribí de nuevo la palabra Creepypasta, pero ni siquiera se cargaba. Probé a buscar otra cosa, y funcionaba perfectamente. La cara del intruso de la noche anterior volvió, Jeff the killer... Ya no me parecía tan real, era como lo que había pasado no me había pasado a mi, sino a otra persona, podía verlo en tercera persona. Pero de cuando en cuando mi cerebro se aba cuenta de que aquello sí había pasado en verdad. Que no había sido un sueño, ni una invención de mi mente. Aquello me provocaba una ansiedad terrible, haciendo que me temblasen las manos. 

Busqué ese nombre con el móvil y lo que sucedió todavía no lo entiendo. El móvil se apagó cuando ni siquiera le había dado al botón de buscar, emitiendo un chirrido estridente mientras la pantalla se cambiaba de color y finalmente el aparato se apagaba. Por la ventana entró una corriente algo más fuerte y por la casa comenzaron a escucharse pisadas. Parecía como si una docena de persona anduviera por la casa, intentando no ser vistos y dándoles igual si eran escuchados. Me puse los vaqueros a toda velocidad y con la camiseta del pijama cogí mi bolso y salí corriendo de la casa, haciendo caso omiso de las sombras que creía ver por las paredes. Pronto, lo que parecían tres pares de pasos comenzaron a seguirme. Corrí, salí fuera de la casa y con paso acelerado y el corazón desbocado fui hasta un parque, directa ¿a dónde? No podía ir a la comisaria para decirles que creía que en mi casa habían entrado unas sombras. 

Miré alrededor, mis pasos me habían llevado a un parque al que Jack solía traerme mucho, para dar una vuelta y hablar. Era un sitio muy agradable, lleno de árboles, con anchos caminos de tierra bordeados por hierba siempre fresca gracias a los sistemas de riego. En el centro del parque había un pequeño lago, y al fondo, se podía acceder al bosque. Me puse en marcha, buscando la salida para poder refugiarme en algún lugar. Atravesé la hierba, acortando así el trayecto. La cabeza me daba vueltas, me sentía terriblemente mareada y las nauseas me invadían, haciendo que quisiera vomitar un desayuno que no había tomado. Algo mojado bajó desde mi nariz, lo toqué extrañada y el dolor de cabeza en aumento. Mis dedos se vieron cubiertos por sangre. Me sentía observada, algo grotesco me esperaba a mis espaldas. Los oídos me zumbaban y me encontré sin fuerzas. Las rodillas me temblaron y sentí cómo caía al suelo.



                                                                                                 ***



Llevábamos aproximadamente una semana en ese pueblo. Nada raro había sucedido, nuestras cefaleas, la falta de sueño y en muchos casos de recuerdos, persistía. Salimos de la farmacia, provistos de una buena cantidad de analgésicos y pastillas para conciliar el sueño. La farmacéutica nos miraba con el gesto fruncido, era la tercera vez que íbamos a su establecimiento para comprar cantidades alarmantes de pastillas. Pero poco nos importaba, preferíamos que pensasen que éramos unos yonquis adictos al Ibupropheno y al Loracepam que aguantar ese dichoso dolor de cabeza que a veces hasta nos incapacitaba.

Como ya era costumbre cada vez que salíamos de la farmacia recorrimos el bosque cercano. La creencia de Alex era que encontraríamos al Operador si éramos capaces de acercarnos a él. Y los parques con tanta vegetación, él decía, eran nuestra mejor oportunidad.

Recorrimos el parque en silencio, rara vez nos hablábamos, parecíamos dos extraños. Caminábamos, atentos a lo que sucedía. El dolor de cabeza se hizo más fuerte, aquello hizo que Alex se pusiera alerta. En muchas ocasiones daba igual cuántos analgésicos tomásemos, el dolor era imparable y lo único que podíamos hacer era tumbarnos y esperar. Caminamos, guiados por nuestros dolores de cabeza.

Entre unos árboles pudimos distinguir a una chica. Tendría unos pocos años menos que nosotros. Estaba doblada, mientras caía de rodillas al suelo. Se agarraba la cabeza con fuerza. Nos acercamos más a ella y nuestros dolores de cabeza aumentaron. Giramos un poco, y entonces lo vimos. Entre los árboles, pasando desapercibido para muchos, estaba el Operador. Su sola visión hizo que nos recorriera el dolor, como una oleada de agujas que se clavaban en nuestros cráneos sin ningún miramiento. La chica estaba tirada a sus pies, instintivamente dimos un paso atrás, intentando escapar, parecía no habernos visto. El hombre sin rostro bajó hasta ella, clavando una rodilla en la tierra, y con sus enormes manos apartó el pelo de  su cara y lo que se nos hizo más extraño, la acarició.

No podía dejar de mirar la escena, era horrible, inspiraba pavor y lástima por la pobre chica. Pero, al mismo tiempo, era siniestramente cautivador. Ese ser, que todavía no acertábamos a adivinar qué era, parecía demostrar cierta serie de sentimientos. Alex, que a mi lado se sujetaba la cabeza echó a correr en dirección a la muchacha tirada a sus pies. Intenté pararle, intenté gritarle que parase, pero la voz no me salía. Le observé, completamente paralizado, mentalizándome para la horrible muerte que iba a tener, sin embargo no fue así. Alex se acercó hasta ellos, y como única respuesta, el Operador se levantó, dejando de acariciar el rostro de la chica y desapareció. Se agachó hasta estar con ella a la misma altura.

Ya liberado del miedo, mis piernas volvieron a responder y pude acercarme a ellos, tambaleante. Me dejé caer al lado de la chica mientras que Alex comprobaba que seguía viva. Abrió los ojos y nos miró asustada. Era comprensible, después de ese mal trago, esa tortura de que el Operador se acercase a ti, mirar con miedo era la regla.

    —Tranquila, no te vamos a hacer daño.

Aún con las palabras de Alex intentó hacer el amago de levantarse, cosa que hizo que su dolor de cabeza aumentase. Entre los dos intentamos levantarla y la acercamos a una pequeña cafetería.

Slave of Creepypastas.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora