Capítulo XVI.

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    —¿Estás bien, pequeña?

Estaba completamente muda. No podía creerme que él estuviera a mi lado, y que fuera su mano la que me sostuviese. Los ojos pronto se me llenaron de lágrimas y sentí cómo el nudo de mi estómago desaparecía.

    —¿Tim? —Pequeñas lágrimas se resbalaban por mis mejillas, mientras él las recogía con sus dedos, que eran cálidos—. ¿Qué haces aquí?

    —Fui a tu casa, quería verte —al escuchar aquello incluso me sonrojé—. Y cuando llegué os vi a ti y a un chico saliendo de casa. Tú estabas desmayada.

    —Oh...

Bajé la vista. De repente sentí un gran vacío en mi interior. La cabeza aun me zumbaba ligeramente, y sentía el ligero pum pum de mi propia sangre subiendo por mis arterias hacia la cabeza. ¿Cómo era posible que hubiese acabado así? Llevaba tanto tiempo sin incidentes de este tipo, que me sentía profundamente desolada. Sin darme cuenta y olvidando completamente que él estaba conmigo, lancé un gran suspiro.

    —¿Cuánto llevo durmiendo?

    —Apenas unas horas. Tu compañero se fue hace cinco minutos.

Miré el reloj, eran las nueve. Me recosté con calma, pero duró poco. Pronto me acordé de que no había ido a la cita con Alex. ¿Qué querría decirme? Ya daba igual, de todos modos no podría llegar.

Decidí no pensar más en ello, y disfrutar de la compañía que me brindaba Tim. Me hacía reír, y por una vez en muchos años, me hacía olvidarme por completo de todos mis problemas. La extraña sensación de que debía recordar algo, seguía en mi interior, atenazándome. Pero el brillo en sus ojos y su sonrisa natural me hacían olvidarlo todo, dejar volar mi imaginación y que las preocupaciones despareciesen como un dibujo en la arena en la playa. Por desgracia una enfermera apareció y echó a Tim de la habitación, diciendo que debía estar sola y descansar.

De golpe todo volvió a ser real, y el tiempo que acabábamos de pasar juntos me parecía lejano y difícil de recordar. Con delicadeza tomó mi mano y como la noche anterior había hecho, la beso. Volví a sentir cómo mi corazón daba un salto y se quedaba a la altura de mi garganta. Pero algo más hizo que me sorprendió aún más. Con ambas manos agarró mi rostro y acariciando con los pulgares mis mejillas se acercó lentamente y dejando que sus labios se posaran suavemente sobre los míos, me besó. Quedé completamente paralizada, ¿estaba pasando de verdad? En el fondo de mi cabeza una pequeña voz comenzaba a gritar. «¿Quién se creía que era él para besarme? Era un descarado». Pero otra voz, mucho más fuerte gritaba con fuerza. «Oh, cállate, es justo lo que queremos que suceda».

Levanté los brazos algo torpe hasta que conseguí alcanzar su rostro para poder acariciarlo. Era suave, aunque se notaba el tacto de la barba afeitada. Cada contacto, cada caricia, cada beso que repetía sobre mis labios una y otra vez, devorándolos, evocaba recuerdos extraños a mi mente. Pero se separó. Y aunque yo quería más y por cómo me miraba, él parecía que  también quería más, la enfermera lo obligó a marcharse.

Volví a quedar sola, acariciando mis labios intentando recordar constantemente cómo había sido ese momento. Un montón de escenas extrañas bombardeaban mi mente. Pero yo no era capaz de reconocerlas como mías. Inmersa en mis pensamientos, sólo me sacó de ellos unos golpes en la puerta.

    —¿Sí? —Y nada más terminar de decir esto, la puerta se abrió, dejando ver a Alex. Mi confusión crecía por momentos—. ¿Qué qué haces aquí?

Cerró la puerta, intentando no hacer ruido y se acercó a la cama. Me empezaron a recorrer escalofríos y no podía evitar sentir miedo.

    —Vamos.

    —¿Qué?

    —¿Estás sorda? —Agarró mi brazo, dejando un fardo de ropa  sobre mis piernas—. Vamos. Estás en peligro.

    —Déjame. —Me revolví, intentando liberarme de su agarre—. ¿Qué te crees que estás haciendo?

    —Tenemos que irnos. —Estaba demasiado cerca de mí. Su cara estaba roja y respiraba de forma entrecortada—. Tienen a Jay.

Me congelé en el acto. ¿A Jay? En ese momento me sentía como si me hubiesen echado por encima un jarro de agua fría. Un jarro de agua fría que me había calado hasta los huesos. Negué varias veces con la cabeza hasta que por fin Alex consiguió sacarme de la cama. Me empecé a vestir, casi de forma mecánica, y ni siquiera me di cuenta cuando estaba completamente vestida y andando por los pasillos del hospital. No fue hasta que estuvimos en la calle, y el aire frío azotaba mi cara cuando me desperté de esa especie de trance. No tenía tiempo para sentir miedo, no tenía tiempo para arrepentirme. Pero ni siquiera sabía qué era lo que estaba pasando. Aceleré el paso hasta quedar a la altura de Alex y le miré, buscando explicaciones.

    —Hace unos años, Jay, unos chicos y yo, comenzamos a grabar una película. Pero encontramos algo más. —Siguió caminando, sin embargo me miró por unos segundos—. Nuestras cámaras grabaron un ser sin rostro. Un ser increíblemente alto que no hacía más que atormentarnos.

Rápidos fogonazos comenzaron a aparecer en mi mente. Algo similar había soñado justo aquella tarde, antes de ir al hospital.

    —Me fui para intentar protegerlos. Pensando que si dejaba de grabar y me olvidaba de aquellos sucesos, todo terminaría. Pero no fue así. Jay siguió investigando. Y ahora los dos estamos en peligro.

    —¿Pero qué quieren de vosotros? —Paró un momento, mirándome fijamente y suspirando.

    —No lo sé.

No me di cuenta de que nos habíamos adentrado en el bosque. Y tampoco me habían dado cuenta de que hacía mucho frío, y estaba temblando.

    —¿Qué hacemos aquí?

    —El Operador suele estar en los bosques... Debe tenerlo por aquí.

La quietud era increíble y tan sólo se escuchaba por el bosque los sonidos de las alimañas nocturnas que deambulaban entre los matorrales. Y de pronto, el bosque se quedó en completo silencio. Los grillos no cantaban y todo ruido que pudiese existir en cualquier bosque, por muy deshabitado que estuviera, desapareció. Simplemente ya no estaban y tan sólo se podían escuchar los sonidos de nuestros corazones latiendo con fuerza y el pitido característico que se puede diferenciar cuando estamos en silencio. El sonido de nuestro sistema nervioso. No sé lo que estaría pensando en aquél momento Alex, pero por mi parte mi sistema nervioso no hacía más que mandarme señales de alarma. Me suplicaba que me moviese, que huyera de aquél lugar. Algo horrible se acercaba, pero mi cuerpo no respondía y por todo movimiento lo único que ofrecía era el ligero temblor de mis rodillas.

Todo se enmascaró con un desagradable y pútrido olor. Un olor tan nauseabundo que, de no ser porque llevaba más de medio día sin comer algo, me habría hecho vomitar. Me giré, buscando a Alex, pero éste había desaparecido. Estaba sola, y la poca confianza que me podía brindar la presencia de otra persona, desapareció. ¿Dónde se había metido? Me puse a andar, sin siquiera saber si había elegido el rumbo correcto. Mis pies no dejaban de tropezar, constantemente tenía que agarrarme a las ramas de los árboles, haciéndome heridas en las manos. Entonces... Entonces lo vi.

Se alzaba imponente entre varios árboles y la luz de la luna caía a plomo sobre él. Andaba encorvado, y su apariencia era más animal que humana. Su cabeza parecía cubierta por una tela. Me miraba, me observaba con atención. Y pronto comprendí, que correr no serviría de nada.

Slave of Creepypastas.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora