Capítulo LVIII.

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Llevaban ya un rato hablando en el salón, pero al recibidor que era donde estaba yo apenas llegaban leves murmullos. Las hemorragias habían parado por fin, y mientras Jay intentaba mantener la temperatura del herido, cuyo nombre ni siquiera sabía, yo buscaba un botiquín o algo con lo que poder limpiarle las heridas. Finalmente lo encontré y corrí al recibidor donde me senté en el suelo y procedí a limpiar con cuidado los grandes tajos. Inmediatamente a mi cabeza vino un pensamiento. 

«Esto es un trabajo de Jeff». ¿Pero cómo podía saberlo? Ni siquiera me acordaba bien de él, ni de cómo era, o de lo que me había hecho. Sí que recordaba las visitas nocturnas que me había hecho después del accidente en el que perdí la memoria. Sin embargo todo lo que veía hacía que su nombre aflorase a mi mente. Los cortes, cómo estaban hechos, la profundidad, la limpieza. Todo me gritaba que había sido él el que lo había hecho. Agité mi cabeza en un acto mecánico por quitar ésos pensamientos de mi cabeza e intenté volver a prestar atención a lo que decían.

Apenas captaba palabras sueltas o claras, todo era difuso y ellos se esforzaban para que nosotros no nos enterásemos. Miré a Jay, en sus ojos se podía ver el brillo enfermizo del miedo. Intenté ladear mi cuerpo para poder captar algo más, cualquier pista. Pero una voz dentro de mi cabeza sonó como una flauta mal afinada acompañada de un tambor con ritmo distinto al del instrumento de viento.

«¿No crees que es de muy mala educación intentar escuchar las conversaciones de otras personas?».

Me quedé quieta, incapaz de seguir mi trabajo.

«Oh, no. No puedes parar de trabajar ahora. Se avecinan oleadas de trabajo duro para ti».

Volví a mover mi cuerpo, moviendo entre pequeños temblores mis brazos.

«No te preocupes», la voz en mi cabeza, que yo identificaba como la de Jack. Comenzó a sonar aterciopelada, como si intentase acariciar los recovecos de mi mente con manos largas y frías, pero expertas. «Todo a su debido tiempo. Por ahora no atormentes tu pequeña cabecita con este tipo de cosas. Fuiste traída a esta casa para curarnos, no para evitar que nos hiriéramos».

Sentí un pequeño roce en mi espalda, pero al girarme no había nadie; ni siquiera Smile que estaba tumbado a los pies de las escaleras, mirando la puerta con expresión vacía.

Terminé de curar y vendar sus heridas, quedando sorprendida por mi propia maestría. ¿De verdad yo sabía hacer éstas cosas? Era increíble. Me senté al lado de Jay y ayudé a proporcionar calor al chico inconsciente.

    —¿Cómo estás? —La voz de Jay sonaba muy baja y enronquecida por el miedo.

    —¿Que cómo estoy? —le miré por unos segundos y luego bajé la vista a la cara salpicada de sangre de la persona inconsciente. Con el dorso de la manga comencé a limpiarla—. Estoy asustada...

El brazo de Jay se juntó con el mío en un leve roce, como intentando ofrecerme su fuerza.

    —¿Y cómo estás tú? ¿Por qué te trajeron aquí? —Jay me miró confuso, pero antes de que tuviese tiempo de contestarme la puerta del salón se abrió y todos salieron. El ambiente pronto se volvió denso; la preocupación era algo ya físico, así como los nervios. Sin embargo parecían tener un plan cosa que deduje de los movimientos confiados de algunos.

Tim y Brian se acercaron a nosotros.

    —Ey, ¿Cómo está?

    —Bien, hemos conseguido parar la hemorragia y le hemos vendado. Pero necesitamos pincharle suero... Y si pudiésemos hacerle una transfusión de sangre ya sería la leche...

La mano de Tim acarició mi mejilla mientras una diminuta sonrisa se mostraba únicamente para mis ojos.

    —No creo que podamos hacerle una transfusión de sangre. Pero a lo mejor suero sí que hay. Primero llevémoslo arriba.

Entre los tres llevaron al enfermo arriba, a la habitación que en teoría era de Slenderman. Era una habitación bastante austera, sin más muebles que una cama de matrimonio, un escritorio y una lámpara. Dejaron al herido sobre la cama.

    —Tim... ¿Sabes quién es?

    —Bueno, se llama Bloody Painter. —No sabía quién era, pero suponía que era un amigo, si no no lo habrían traído, ¿no?—. Lara, necesito que me hagas un favor.

    —Sí, dime. —Me cogió de la mano y me llevó al pasillo. Ahí en la penumbra y aprisionada contra la pared blanca Tim me acercó a su pecho y susurró sobre mi pelo—. Debes quedarte aquí. Necesito que cuides de Bloody Painter y que cuando despierte no dejes que se marche.

    —Bueno, no creo que tenga fuerzas suficientes para levantarse de la cama, así que eso será fácil.

    —Y otra cosa... —Esta vez el abrazo se aflojó por lo que pude levantar la vista y mirarle. Su cara no destilaba la misma confianza que antes—. Quiero que me prometas, que si alguien que no fuésemos nosotros o Slender, entrase en esta casa; tú te irás.

    —¿Qué?

    —Prométeme que huirás. Promtéeme que cogerás a Jay y te irás con él tan lejos como puedas. ¡Júramelo!

    —Pero... pero es que no puedo Tim.

    —Por favor, es la única cosa importante que te voy a pedir en todo mi vida. Prométeme que cogerás a Jay y os iréis de aquí.

    —Pero, ¿y vosotros? ¿Y Brian y tú? ¿Y el resto?

    —¿No te das cuenta que el resto aquí está muerto ya o es un asesino experimentado?

    —¿Pero y tú, Tim? Tú no estás muerto. Podrías morir... Y Brian igual.

    —Eso no importa ahora, ¿vale? Lo único importante es que Jay esté a salvo. Y para mí... Lo único importante es que tú estés  a salvo. —¿Cómo podía pedirme aquello? Después de tanto tiempo esperando reencontrarme con él. Después de verlo sufrir tanto... Ahora estábamos juntos y tenía que prometerle que me iría. ¿Cuánto había durado la felicidad de estar juntos? ¿Apenas unos días?—. Por favor. Nosotros volveremos. Os buscaremos de nuevo, siempre lo hacemos.

    —Está bien... Pero... No dejes que te maten. —No fui capaz de mirarle a los ojos, sin embargo no hizo falta. Mi cabeza chocó contra su pecho por el fuerte y repentino abrazo. Pegué la oreja en su pecho, escuchando así su corazón y esperando que de verdad, no dejase de latir.

Slave of Creepypastas.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora