Meliodas, Zeldris y Estarossa

1.4K 180 0
                                        

El gran salón del castillo demoníaco estaba en silencio, apenas iluminado por antorchas cuyos fuegos oscuros lanzaban destellos rojizos sobre las columnas de obsidiana. Tú, t/n, estabas sentada en tu trono, majestuosa, con tus alas negras suavemente plegadas y la mirada serena, aunque cargada de un poder tan abrumador que hacía temblar el aire mismo.

De pronto, las puertas se abrieron con un leve chirrido. Meliodas, Zeldris y Estarossa entraron juntos. Sus pasos resonaron en perfecta sincronía sobre el mármol oscuro, cada uno con su porte único: Meliodas con su sonrisa audaz, Zeldris con el ceño apenas fruncido intentando mantener la compostura, y Estarossa con un brillo afectuoso en la mirada.

Sin decir palabra, se acercaron a ti. Fue Meliodas quien rompió la breve tensión, apoyando una rodilla en el suelo frente a ti y dejando escapar un suspiro.

—Nos tenías preocupados, mamá. Hace días que no bajabas del salón superior.

Zeldris se mantuvo de pie a su lado, aunque su mano buscó la tuya con cierta torpeza. Cuando sus dedos tocaron los tuyos, su expresión fría se suavizó al instante.

—No sabíamos si querías que te molestáramos —murmuró, con la voz algo tensa, aunque claramente aliviado de poder tocarte.

Estarossa se colocó tras Meliodas, inclinándose un poco para que su altura no lo hiciera parecer tan imponente. Sus ojos dorados se clavaron en ti con una calidez que casi derretía el aire.

—Aunque el mundo entero tiemble al escucharte nombrar, para nosotros… siempre serás solo nuestra madre —dijo con un susurro ronco, cargado de un respeto profundo.

Tú esbozaste una sonrisa suave, esa sonrisa que ninguno de los tres habría cambiado por todo el poder del inframundo. Con delicadeza, acariciaste el cabello de Meliodas, entrelazaste los dedos con los de Zeldris y pasaste la otra mano a la mejilla de Estarossa. En ese gesto simple, estaba toda la inmensidad de tu amor.

—Tontos míos… —dijiste en un murmullo que retumbó con un leve eco mágico—. ¿Cómo iba a querer estar lejos de ustedes?

Meliodas se rió suavemente y cerró los ojos, disfrutando tu caricia. Zeldris entrelazó tus dedos con más fuerza, su respiración tranquila por fin. Estarossa inclinó la cabeza para rozar tu mano con la suya, como si se prometiera a sí mismo que nunca dejaría de protegerte.

Así permanecieron, los cuatro, por largos minutos. Tres poderosos demonios —capaces de destruir ejércitos con solo un gesto— inclinados ante la única fuerza que respetaban por encima de todo: el amor inmenso que sentían por su madre. Y tú, observándolos con el corazón tan pleno, comprendiste que ese momento valía más que cualquier trono o guerra.

Mamá de......Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora